Tras darle las instrucciones al mayordomo, Serena ignoró olímpicamente las reacciones de Ricardo y Malena y caminó hacia la cocina.
Tanta conmoción le había abierto el apetito y necesitaba prepararse algo de comer.
Se cocinó un sencillo plato y se lo llevó al comedor, degustándolo sin ninguna prisa.
Mientras masticaba, sacó su teléfono y le mandó un mensaje a alguien para que le enviaran ropa nueva.
Jamás en su vida se rebajaría a ponerse la ropa de Simona.
Mientras ella disfrutaba de su comida tranquilamente, Ricardo y Malena se encerraron en su recámara para planear cómo enviarla directo a la Hacienda De la Riva.
—Ricardo, no podemos perder tiempo. Hay que mandarla a la Hacienda De la Riva mañana mismo. Mira la barbaridad de problemas que causó en unas horas; es demasiado conflictiva.
—¿Y si se niega? Salió igual de terca y rebelde que su abuelo. Ya no es la niña miedosa que podíamos manipular a nuestro antojo.
—No tiene opción. Mañana dile que si acepta unirse a los De la Riva, le entregarás las cenizas y las pertenencias de Clara. Ella aceptará, regresó a esta casa exclusivamente para eso.
—Me parece perfecto. De todas formas, ella no tiene ni idea de dónde oculté las cenizas de su madre. Si se atreve a negarse, la amenazo con destruirlas; seguro que obedece de inmediato.
Había movido la urna de Clara Torres hace mucho tiempo. La sacó del cementerio original para tener una carta bajo la manga en caso de que Don Fausto Torres regresara buscando problemas.
Al fin y al cabo, Don Fausto era un mafioso peligroso al que no le importaban las reglas ni la decencia.
Ahora resultaba que Serena era una pequeña matona con la misma sangre que su abuelo.
Fuera como fuera, no permitiría que se quedara bajo su mismo techo. Mañana la empacaría a la casa de los De la Riva.
...


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