Ricardo adoptó un tono grave y paternalista: —Serena, te has pasado años aislada en el campo bajo el techo de tu abuelo. No tienes una carrera, no tienes habilidades útiles ni estudios que te respalden...
Ahora que estás de vuelta, como tu padre, es mi deber asegurarte un buen futuro. Te he conseguido un matrimonio excelente con una familia de altísimo nivel.
Si te casas con él, tendrás una vida de lujos y comodidades que jamás imaginaste; nunca más pasarás penurias. En realidad, este acuerdo matrimonial estaba pensado para Simona...
Pero tu hermana menor aún está estudiando y es demasiado joven. He decidido cederte esta oportunidad a ti, como compensación por todos estos años en los que no pude cuidarte.
Serena no le creyó ni una maldita palabra.
Simona tenía diecinueve años, solo un año menos que ella. Si el prospecto fuera tan perfecto como él lo pintaba, sabiendo cuánto la detestaba Ricardo, ¿se lo iba a dar en bandeja de plata?
¡Pamplinas! ¡Se creía que ella era estúpida!
Sin embargo, para descubrir exactamente qué clase de trampa le estaba tendiendo, jugó su juego y disparó: —¿Y quién es el afortunado? ¿Cuántos años tiene? ¿Dónde vive? ¿Quién más compone su familia? ¿A qué se dedica y cuánto gana al mes?
Serena le lanzó la ráfaga de preguntas sin dejarlo respirar.
Ricardo quedó descolocado ante el interrogatorio exhaustivo, y tardó unos segundos en procesarlo.
Molesto, replicó: —¿Para qué quieres tanto detalle? ¿Acaso eres detective? Lo que importa es que sus condiciones son inmejorables. Te aseguro que si aceptas, tienes la vida resuelta y nunca te faltará de nada.
—Se equivoca, Señor Valente. Si me voy a casar, tengo todo el derecho a saber. ¿En qué siglo vive? ¿Pretende obligarme a un matrimonio a ciegas o un acuerdo forzado?
Ricardo sintió que se le subía la presión: —Tú... ¡Fíjate en cómo me hablas! ¿Por qué me dices Señor Valente en vez de papá? ¡Soy tu padre y solo busco tu bienestar! ¿Acaso crees que intentaría perjudicarte?
Serena contraatacó con lógica fría: —Señor Valente, no es que me niegue a llamarlo así. Pero recuerdo claramente que ayer en la mañana, cuando toqué a su puerta, usted mismo gritó que no tenía ninguna hija.

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