La nueva trabajadora del hogar se notaba un poco tímida:
—Berta se lastimó la espalda, la señora me pidió que viniera a cubrirla. Puede decirme Valeria.
Así que también era gente de la vieja casa.
En el fondo, no dejaba de ser alguien bajo la mirada de la abuela. Cristina asintió y no preguntó nada más.
...
Octavio subió al carro sin mostrar ni la mínima emoción. Marco, nervioso, se apresuró a darle el reporte.
—Señor Lozano, la señorita Lozano ya despertó. Apenas abrió los ojos, lo primero que quiso fue llamarlo, pero como usted no contestó, terminó marcándome a mí…
Miró al jefe a través del retrovisor, tratando de leerle el ánimo, y se detuvo un segundo.
—¿Quiere devolverle la llamada? Tal vez si le responde, ella se tranquiliza y puede enfocarse en recuperarse.
Octavio se masajeó las sienes y guardó silencio un par de segundos. De pronto, dijo:
—Mañana ve a la calle principal de Pueblo Dorado y compra unos tamales. A la señora le gustan recién hechos, solo así se los come.
Marco parpadeó, confundido. ¿El jefe no había escuchado lo que acababa de decir?
—Sí, señor.
...
Sin embargo, al día siguiente, Cristina esperó hasta que el cielo se tiñó de sombras, y Octavio, quien le había prometido que la acompañaría, nunca llegó.
Quien llegó fue Julieta. Aunque ahora llevaba el cabello corto, seguía con ese carácter explosivo y andaba diciendo groserías, lista para armar pleito con Cristina.
Valeria justo no estaba, así que Cristina tuvo que enfrentarse a Julieta sola dentro de la habitación.
—¡Desgraciada! ¿Con qué derecho le cortaste a Marisol los cincuenta mil pesos al mes que le dabas para vivir? ¿Y la casa en Olbor, el carro de lujo, los empleados? Todo eso cuesta. Si le quitas el dinero, ¿cómo esperas que sobreviva?
Era la primera vez que Cristina se enteraba de que la familia Lozano le daba tantas comodidades y dinero a Marisol.
Lo más irónico era que a ella le daban cien mil al mes, pero tenía que vivir como si fuera un animal enjaulado: portarse como la esposa perfecta de Octavio y encima agradecerles por ello.
Cristina se incorporó en la cama y, con un tono gélido, soltó:
—¿Acaso ya anda Marisol pidiendo limosna en la calle?
—Valeria, hazte a un lado.
Al escuchar la orden de Cristina, Valeria obedeció y se apartó.
En ese instante, una jarra de agua hirviendo voló directo hacia Julieta.
—¡Ahh! —Julieta gritó como si la estuvieran matando.
—¿Qué está pasando aquí?
Octavio apareció en la puerta junto a Marco.
Julieta, como si acabara de ver a su salvador, corrió hacia él.
—Octavio, Cristina le quitó el dinero a Marisol. Vine a pedirle explicaciones y entre ella y esa sirvienta me echaron agua caliente encima.
Escuchando eso, Octavio cruzó la habitación en unos pasos y tomó la mano de Cristina.
Julieta, al verlo así de alterado, sonrió por dentro. Sabía que lo que él había dicho anoche era solo para quedar bien con la abuela.
Al final, Octavio seguía prefiriendo a su hija.

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