—¿Todavía eres capaz de decir la verdad? —La voz de Cristina era cortante, tan seca que calaba hasta los huesos.
—Sí —Ángela se plantó a su lado, decidida—. Mis papás viven de su pensión de retiro.
Cristina la observó con los labios apretados. Esa mirada lo decía todo: “A ver, síguele, a ver hasta dónde llegas”.
Ángela sintió que se le escapaba la paciencia.
—Es que sus pensiones son tan altas que ni necesitan la herencia que dejó mi abuelo. Mi hermano, a pesar de ser empleado, gana por lo menos un millón de pesos al año. En toda la familia, la única inútil soy yo, que todavía necesito la ayuda del fideicomiso de mi abuelo para sobrevivir cada mes. Por eso no miento si digo que vengo de una familia trabajadora.
Cristina no le contestó ni una sola palabra; simplemente giró y se dirigió hacia la banqueta.
Ángela corrió tras ella.
—¿Entonces, ya me perdonaste o no?
—No mentiste sobre lo que sentías hacia mí, así que no tengo nada que perdonarte. Pero si Dinámica Suprema tiene acciones de Octavio, entonces me retiro de la empresa.
Ángela resopló.
—¿Crees que yo quiero tener algo que ver con ese tipo? Por eso pedí que el área de finanzas pusiera mal la cuenta de la empresa. Si hoy antes de las cinco no logra hacer el depósito, el acuerdo se cancela.
Cristina se detuvo de golpe. Su expresión no dejaba ver nada.
—Al menos eres lista.
Ángela soltó un suspiro de alivio.
—¿Entonces por qué sigues con esa cara?
—Estoy pensando.
—¿En qué piensas?
Cristina dejó asomar una sombra de preocupación en el rostro.
—Octavio no quiere divorciarse, sólo acepta que lo dejen viudo.
Ángela tragó saliva.
—Pues mejor, así tú podrías deshacerte de él.
Cristina abrió la puerta del carro y asintió.
—Voy a esforzarme por ser capaz de algo así.
Las dos sabían bien que con que Cristina saliera viva de todo esto, ya era ganancia.
Apenas se acomodó en el asiento del conductor, el celular de Cristina vibró con insistencia.
Era una llamada del hospital.
Habían llegado los medicamentos de su abuelo. Tenía que llevarlo a que le aplicaran la inyección.
La noche anterior, Cristina había contado frente a todos que la familia Lozano padre e hijo la tenían amarrada gracias al medicamento de su abuelo, sólo para que jamás pudieran volver a usar eso en su contra.
Y al parecer, la jugada había salido perfecta.
—Está bien, mañana lo llevo.
...
Octavio regresó a la oficina.
Le ardía la herida de la espalda, el sudor empapaba su camisa, pero aguantó sin un solo quejido.
Octavio terminaba de ponerse el medicamento en la espalda cuando ella entró.
Mientras se abrochaba la camisa, preguntó sin mirarla:
—¿Cuándo lo hiciste?
Marisol contestó en voz baja:
—La noche que perdí al bebé, usaron una muestra del tejido del feto para hacer la prueba.
—Así que siempre estuviste preparada —la voz de Octavio era tan dura como un portazo.
Marisol se acercó, recogió su saco para ayudarlo a ponérselo, pero él se apartó.
Ella bajó la mirada.
—Ustedes me dan lo que quieren y me lo quitan cuando se les antoja. Tenía miedo de acabar siendo una ficha desechable.
Octavio le dio la espalda, quedando de cara a la ventana.
—Te dije que iba a cuidarte, y lo cumplo. Pero no tolero amenazas.
Marisol se arrodilló frente a él, abrazando el saco.
—Hermano, han pasado cuatro años. Has sido bueno conmigo, pero me siento como si estuviera encerrada en una jaula. Quiero volver a casa, quiero demostrar que valgo, olvidar lo que pasó esa noche y empezar de nuevo. Sólo dame una oportunidad.
—¿Y tú qué puedes aportar? —Octavio giró el rostro y la miró de reojo.
Marisol tragó saliva, la voz casi quebrada.
—Estoy dispuesta a ser tu aliada, la herramienta que necesites. Y además… tu esposa guarda secretos con el doctor López.

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