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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 113

—Señora Lozano, el señor Jurado la ha estado esperando un buen rato, por aquí, por favor —dijo la secretaria.

Cristina entró al privado.

—Perdón, señor Jurado, llegué tarde.

El hombre giró apenas el rostro. Su perfil era impecable, y la expresión entre sus cejas transmitía una familiaridad que le hizo estremecerse.

Pero no era aquel señor Jurado que ella recordaba.

—Esto fue culpa mía. Pensé que una persona de su nivel, señora Lozano, tendría la tarjeta de membresía de este lugar, así que... no lo pensé bien.

Su tono era cortés, pero la burla iba escondida entre las palabras.

Cristina sonrió leve y, sentándose frente a él, sacó una caja de joyas.

—Esto es solo una parte de las joyas que quiero vender. Por favor, revíselas primero. Además, tengo varias propiedades, puedo pasarle las direcciones. Y, bueno...

—Señora Lozano —la interrumpió él—, por todo esto le puedo dar doscientos millones. Después, pase con mi secretaria para los trámites.

Cristina lo escudriñó.

—Y entonces, señor Jurado, ¿qué quiere que haga por usted?

El señor Jurado soltó una sonrisa amable, pero en sus ojos se escondía una astucia impredecible.

—Señora Lozano, usted es una mujer muy perspicaz. Escuché lo que pasó con el señor Lozano, de verdad lamento lo que le tocó vivir. Sé que usted no es de las que se quedan de brazos cruzados, pero esos rumores... en realidad no le afectan tanto a él. Si...

—Ya sé lo que va a decir —Cristina lo cortó y guardó de nuevo las joyas en su bolso.

—No me interesa su pleito ni tengo información que le sirva. Seguro el intermediario le dio un mensaje equivocado. Yo solo vine a vender las joyas y las propiedades.

Dicho esto, Cristina se levantó para irse.

El señor Jurado sonrió y la detuvo.

—La oferta puede subir, señora Lozano. No se apresure en decidir. Mejor piénselo y me responde luego.

Le extendió una tarjeta de presentación.

Cristina la tomó. El diseño era sobrio, sin cargo ni empresa, solo un nombre y un teléfono.

Francisco Jurado.

Patricio, en ese entonces, se plantó delante de ella y, señalando a los líderes del grupo, los enfrentó sin titubear.

—Escuchen bien: es mi hermana. Si la molestan como hacen con los demás, se van a arrepentir —les soltó.

Desde ese día, ninguno de esos chicos volvió a meterse con ella.

Patricio la protegió hasta sus veintidós años. Pero una noche de tormenta, desapareció cerca del río. La policía solo halló su celular y sus zapatos. Nunca lo encontraron. Tres meses después, lo dieron por muerto.

La escena frente a ella se mezcló con aquellos recuerdos, y una punzada de tristeza la invadió.

—Señor Jurado, discúlpeme, discúlpeme, fue el mesero quien no tuvo cuidado —el gerente apareció corriendo, con una sonrisa falsa que se desvaneció en cuanto miró al mesero.

—¿Por qué no usaste el pasillo de empleados para cargar? El supervisor te descontará la bonificación de este mes. Y tú, quedas despedido.

El señor Jurado soltó una risa desdeñosa.

—¿Eso es todo?

—Ah, ya, sí. De inmediato acompaño a la señorita al hospital para revisar la herida. No se preocupe, asumimos la responsabilidad.

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