Octavio se irguió, con el pecho henchido de orgullo.
—No es una actuación, es tu castigo. Tú lanzaste la bomba en público, ahora te toca desactivarla con tus propias manos.
Cristina sonrió, con la misma calma con la que alguna vez había roto su acuerdo de divorcio, y ahora rompió la declaración entre sus dedos.
—Lo siento, pero desde hoy, ya no seré su escudo ni su pretexto para ocultar sus vergüenzas.
Los pedazos de papel volaron como copos mientras el hombre la sujetó por el cuello de la blusa, empujándola con fuerza contra la pared. Su respiración era tan intensa que quemaba, y transmitía peligro.
—¿De verdad crees que eres solo un juguete para mí?
Cristina, asqueada, apartó el rostro.
—¿No es acaso eso lo que usted, señor Lozano, ha dejado claro todo este tiempo?
Octavio, que parecía furioso, de pronto sonrió con malicia.
—Entonces deja que te muestre cómo es en verdad un juguete.
Sin advertencia, jaló el cuello de su blusa de forma brusca, desgarrando la tela.
Cristina se defendió con todas sus fuerzas, pataleando, arañando, luchando por soltarse.
En medio de la pelea, su cuerpo la traicionó y, de repente, todo se apagó: perdió el conocimiento.
Octavio, sorprendido, la sostuvo por reflejo, apretándola entre sus brazos...
...
Cuando Cristina abrió los ojos de nuevo, descubrió que la habían trasladado a la habitación principal.
Sintió una ligera presión en la frente: tenía una venda pegada.
Alguien le había curado la herida mientras estuvo desmayada.
Al mirar su ropa, un escalofrío la recorrió: llevaba puesta una pijama que no recordaba cómo se la había puesto.
Justo en ese momento, Octavio entró, luciendo agotado.
Él apenas se sentó al borde de la cama, cuando Cristina se apartó de un salto hacia el otro lado y bajó de inmediato.
—¿Qué me hiciste? —le soltó, la voz impregnada de rabia y miedo.
Octavio se frotó la frente y respondió con tono cortante:
—Somos esposos. ¿No es normal que haga lo que quiera contigo?
Cristina sintió náuseas.
—¿Al menos tomaste precauciones?
Octavio frunció el ceño.
—Llevamos meses intentando tener un hijo. Si quedaste embarazada, deberías estar contenta.
Cristina explotó.
—No pienso tener un hijo tuyo. Y si llegara a estar embarazada, lo voy a interrumpir. ¡Así de claro!
Los músculos del cuello de Octavio se tensaron, pero a Cristina ya no le importaba nada.
Al final, Octavio no pudo más. Él mismo le llevó un plato de avena y, en tono autoritario, le ordenó que comiera.
Pero Cristina no se movió, provocando aún más su furia. Entonces, él le sujetó la quijada y la obligó a mirarlo.
—¿Tan poco quieres tener un hijo mío?
—¿O es que te guardas para otro hombre?
Cristina, herida por sus palabras, apenas curvó los labios en una mueca desdeñosa y finalmente habló:
—Das lástima.
Solo esas dos palabras, suaves pero afiladas, lo atravesaron más que cualquier insulto.
Octavio soltó su quijada, apartándose con un aire impasible.
—No te toqué. No necesitas pastillas —dijo, sin mirarla.
El asombro cruzó el rostro de Cristina.
Pero entonces, Octavio remató con algo que la hundió aún más.
—Firma la declaración y quédate conmigo tres años más como mi esposa. Después te dejo ir. Si no, puedes seguir en huelga de hambre. Ya te lo advertí: el único final que acepto es que me quedes viudo.
Solo tenía dos opciones: morir o ceder ante sus condiciones.
Pero Cristina nunca se resignaba cuando sabía que había una salida.
Tenía que salvarse.

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