Justo en ese momento, a lo lejos aparecieron varios carros más.
Los tres se giraron para mirar. El semblante de Octavio, normalmente imperturbable, se endureció de inmediato.
Eran los carros de la antigua casa familiar.
Natalia fue la primera en bajar, seguida por una figura inesperada que salió del asiento trasero…
—¡Abuelo! —exclamó Cristina, sorprendida, corriendo hacia él.
Gracias al tratamiento, Héctor Gutiérrez ya no necesitaba que lo ayudaran a caminar; avanzaba por sí mismo y con paso firme.
Le dio unas palmaditas en la mano a Cristina.
—Estos días no he podido comunicarme contigo, de verdad me estaba carcomiendo la preocupación. Hoy al mediodía ya pensaba ir a la policía, pero…
Volteó la mirada hacia Darío, que estaba detrás de la abuela.
—…el señor Darío me aseguró que sabía dónde estabas y que te iba a traer de vuelta, pero no me quedé tranquilo, así que preferí venir con la señora Lozano para buscarte.
Héctor lo contó con suavidad, sin entrar en detalles.
La verdad era que el abuelo también había visto las publicaciones en internet sobre “buscar a la señora Lozano”. Ya estaba por entrar a la comisaría cuando Darío lo interceptó, prometiéndole que llevaría a Cristina de regreso. Pero para entonces, el abuelo ya no confiaba en la familia Lozano y les exigió acompañarlos personalmente a buscar a su nieta. Si se negaban, él no dudaría en llamar a la policía.
La familia Lozano, con la presión mediática encima, no tuvo más remedio que aceptar.
—Abuelo, estoy bien —dijo Cristina, tratando de tranquilizarlo.
Natalia se dio cuenta de que la muchacha ya no era tan cálida como antes. Ni siquiera la saludaba como solía hacerlo.
—Si ya estás bien, súbete al carro, te llevo de regreso a la ciudad.
—Abuela, yo aún no termino de hablar con ella —intervino Octavio, serio.
Héctor frunció el ceño, molesto.
—Llevan cuatro años de casados y durante todo ese tiempo no has parado de humillarla. Ella nunca te ha fallado ni a ti ni a la familia Lozano, ni te debe nada. ¿No quieres divorciarte? ¿Piensas seguir atándola a tu desgracia hasta cuándo?
—Señor, las cosas no son como usted piensa —respondió Octavio, con el ceño marcado.
Héctor soltó un resoplido.
—¿Quién firmó la autorización médica? Cuando tu esposa estaba entre la vida y la muerte en terapia intensiva, tú andabas paseándote con otra en una fiesta. ¿Y ni siquiera me avisas? ¿La dejas sola en ese trance? Octavio, ¿o es que crees que, como no tiene padres, si se muere no va a haber nadie que reclame su cuerpo?
Su voz se quebró por la furia.
—Si te quieres revolcar en el lodo con tu hermana, hazlo, pero déjala en paz. Si la familia Lozano quiere dejarme sin medicinas, adelante, no le tengo miedo a la muerte. Pero ya deja ir a mi nieta.
El abuelo cada vez alzaba más la voz, temblando de pies a cabeza.
En la mirada de Octavio se encendió una tormenta oscura, como si quisiera destruirla con solo verla.
Natalia, observando a su nieto, sentenció:
—El que no se atreve a cortar de tajo, termina hecho pedazos. Si sigues actuando como un muchacho enamorado, ¿cómo piensas defender el nombre de los Lozano? ¿Cómo piensas limpiar tu propio honor?
Las palabras de la abuela eran más un ultimátum que un consejo.
—Abuela, sé perfectamente lo que tengo que hacer —le respondió Octavio, con una determinación helada.
El desprecio con que Cristina se fue, sin siquiera mirar atrás, dolía más que la vergüenza pública de la noche anterior.
Natalia no dijo nada más. Clavó una mirada gélida en Marisol, que seguía a su lado.
—Me has decepcionado lo suficiente. No olvides lo que prometiste, o yo misma me voy a encargar de que lo cumplas.
Más amenaza que advertencia, la abuela dejó la frase flotando en el aire.
...
Después de dejar a Cristina y a Héctor en la plaza del centro, la abuela esperó a que el abuelo se alejara. Entonces, se volvió hacia Cristina con voz dura:
—Octavio podrá tener todos los errores del mundo, pero con esto vas a destruir la base de la familia Lozano y todo el esfuerzo de estos años. No sé si fui yo por elegir mal, o si eres tú la que ha cambiado.

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