Como Xavier ya había entendido la situación, no volvió a preguntar.
La cena se prolongó por más de dos horas.
Afuera, la lluvia finalmente se había detenido.
La ropa de Cristina, que estuvo completamente empapada, ahora apenas estaba húmeda, pegada a su piel.
—¡Esa mujer lo hizo a propósito! —exclamó Ángela, indignada—. Mejor vámonos, yo no pienso seguir con este trato.
Ángela no estaba acostumbrada a ese tipo de humillaciones y jaló a Cristina para irse.
Cristina la detuvo, apretando su mano con firmeza.
—¿De verdad crees que porque Xavier nos vio hoy ya está todo hecho? ¿Que la negociación será fácil solo por eso?
Ángela la miró, desconcertada.
Cristina suspiró y explicó:
—Cuando se trata de un acuerdo importante, hay que hablarlo y negociar muchas veces antes de llegar a algo. Piensa en la situación en la que estamos. Ahora nos toca aguantar.
¿De verdad esas palabras venían de una ama de casa que había estado cuatro años alejada del mundo laboral?
Ángela la observó como si la estuviera conociendo de nuevo.
Por fin, la cena terminó. Xavier, Octavio y Marisol salieron del privado.
Ya en la recepción, Marisol rompió el silencio:
—Los pastelitos de aquí están buenos. Quiero llevarme una cajita para comer en la noche.
Octavio no dijo nada. Xavier sonrió, complaciente.
—Claro, señora Lozano. Si le gustan, pida los que quiera.
Marisol no negó nada, pero se le subieron los colores al rostro.
Los ojos de Octavio se oscurecieron, como si ocultaran una tormenta.
El aire después de la lluvia era fresco, casi helado, y Cristina sentía los dedos de manos y pies entumidos.
—Deberíamos regresar —sugirió Ángela al ver el semblante pálido de Cristina.
Cristina negó con la cabeza.
—Ya falta poco, no me voy a rendir.
Por fin, cuando Marisol recibió su cajita de pastelitos recién hechos, el grupo de Xavier salió del restaurante.
El chofer de Industria Fuerte ya había acercado el carro.
Cuando Xavier se disponía a subir, Cristina se adelantó unos pasos.
—¡Xavier!
Él se detuvo en seco.
¿Todavía iba a seguir ignorándola?
Ya lo habían llamado directamente, así que sería grosero no responder.
La miró de arriba abajo, fingiéndose desentendido.
—Discúlpame, ¿nos conocemos?
Cristina pensaba presentarse formalmente con su puesto y empresa, pero de pronto se le cruzó una idea.
—Soy la esposa de Octavio.
Esa frase cayó como una piedra en el estanque. La expresión de Xavier fue de total sorpresa, sin ningún intento de disimularlo.
Marisol quiso llorar, pero al ver la mirada de advertencia de Octavio, se mordió los labios y se quedó callada.
Él no la quería, así que ella no tenía ningún poder sobre él, mientras que Cristina sí podía hacer lo que quisiera.
Al final, Marisol subió al carro con lágrimas en los ojos.
Desde el retrovisor, vio cómo Octavio se subía a un taxi. Preguntó en voz baja:
—¿Va a buscar a Cristina?
Marco, mirando al frente, contestó:
—Siguen siendo pareja. Que se queden juntos no tiene nada de raro.
Marisol sintió una punzada de rabia en el pecho, como si la hubieran dejado fuera de todo.
...
De regreso en el hotel, Cristina cayó enferma con fiebre alta.
Ángela, preocupada, decidió no darle las medicinas del hotel, pues dañaban el cuerpo. En su lugar, empezó a bajarle la temperatura con paños húmedos y salió a buscar medicina.
Apenas había salido, el celular de Cristina comenzó a sonar.
Medio aturdida, contestó la llamada. Era Ernesto.
—Según lo que me pediste aquel día, preparé un nuevo acuerdo de divorcio. ¿Tienes tiempo para platicar?
Cristina hizo un esfuerzo por aclarar la mente.
—Ahora no puedo. Estoy en Rivella por trabajo.
Ernesto soltó una risa baja, casi burlona.
—Justo estoy en la cafetería del segundo piso del hotel donde te hospedas. ¿No piensas bajar?

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