Apenas Cristina llegó junto a su carro, sintió una mirada clavada en ella desde una camioneta negra estacionada no muy lejos.
Su sexto sentido le avisó de inmediato del peligro. Lanzó una mirada rápida hacia ese vehículo que le puso los nervios de punta, pero fingió estar tranquila, abrió la puerta y se metió en el asiento del conductor.
¿No bastaba con que hubiera sobrevivido? ¿Por qué el otro seguía detrás de ella?
O tal vez, ¿el enemigo había adivinado que Cristina había encontrado alguna pista y ahora quería silenciarla?
¿O simplemente estaba exagerando?
Tratando de no dejarse llevar por el pánico, Cristina se abrochó el cinturón y respiró hondo. En cuanto encendió el motor, vio por el retrovisor que la camioneta negra también arrancaba.
Contuvo la inquietud que le provocaba el subidón de adrenalina y salió con calma, incorporándose al tráfico.
En teoría, tenía que regresar al hospital, pero giró el volante y tomó el camino hacia el Grupo Alfa.
No había duda en su mente: Octavio estaba allí, y él podía protegerla.
Sin embargo, apenas cruzó la siguiente esquina, presenció un accidente vial justo frente a ella.
Y la camioneta negra que la seguía aceleró, acercándose peligrosamente.
Cristina lo entendió al instante: querían impedir que llegara con Octavio.
No tenía otra opción. Cambió de ruta.
Decidió rodear por el camino costero para llegar a Chensi, aunque eso implicaba un trayecto más largo.
Mientras pisaba el acelerador, sus manos temblaban cuando marcó el número de Octavio.
[El usuario que usted marcó tiene el celular apagado.]
—No... —Las uñas de Cristina se clavaron en el volante. Se le quedó la mente en blanco.
El número personal de Octavio jamás estaba apagado, salvo que...
En medio de esa carrera con el carro de atrás, buscó de memoria el número de Marco.
Marco estaba en una reunión y tardó bastante en contestar.
Cristina revisó el retrovisor. El vehículo la seguía ahora casi a la par, listo para embestirla. Sostuvo el volante con fuerza.
Marco pensó que Cristina lo llamaba porque se había enterado de que el señor Lozano se había marchado y quería reclamarle.
Así que, apenas respondió, soltó:
Cristina no dudó, se obligó a mantener la calma y obedeció.
Cuando estuvo lista, el desconocido rompió la ventana con una herramienta.
El agua salada y helada entró con violencia, la arrastró hasta la garganta y le nubló la vista.
Pero, de inmediato, esa persona le sujetó la mano.
Sintió una fuerza implacable que la sacó del carro hundido, sin dejarle opción a resistirse.
De pronto, el frío del mar desapareció. La luz del sol la deslumbró y tuvo que entrecerrar los ojos.
La habían rescatado y la llevaban a la orilla.
—Señor Jurado...
Alguien se acercó corriendo, le ofreció una toalla al hombre que la había salvado.
Cristina alzó la mirada. Vio cómo la ropa negra, empapada, se pegaba al cuerpo de ese hombre, marcando cada músculo con una presencia imponente.
No era necesario verle el rostro ni saber de dónde venía; con solo mirar su espalda, quedaba claro que se trataba de alguien fuera de lo común.

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