—Por difícil que sea, tengo que hacerlo. Tal vez en esta cumbre le entregue su segundo “gran regalo”.
...
Por la tarde, Cristina recibió una llamada de Ivana: su abuelo había recaído y la necesitaban de inmediato en el hospital.
Cristina y Ángela salieron a toda prisa, regresaron al hotel, empacaron sus cosas y se dirigieron de vuelta a Valenciora.
Apenas habían salido cuando un hombre con pinta de secretario se acercó a la recepción del hotel. Sacó una hoja con un número de placas.
—Disculpe, ¿este carro pertenece a alguno de sus huéspedes?
La recepcionista le sonrió con cortesía.
—Perdón, pero no podemos revelar información de nuestros clientes.
Apenas terminó de hablar, el gerente llegó apresurado y le hizo señas para que investigara.
—Ese carro sí es de uno de nuestros huéspedes —dijo la recepcionista mientras revisaba la computadora—. Salieron hace diez minutos, ya hicieron check out. Deben ir en camino.
El secretario regresó al carro, frustrado.
—Ya se fueron, pero logré obtener información sobre su identidad.
Le entregó los datos a su jefe.
—La señorita Montoya tiene 26 años, igual que la señora, aunque la fecha de nacimiento en su identificación no coincide. Sin embargo, es la persona con el perfil más parecido que hemos encontrado hasta ahora. El personal del hotel mencionó que salieron de emergencia rumbo a Valenciora.
El hombre se quedó mirando la foto, sin mostrar emoción.
—En este mundo, salvo el ADN, no existen semejanzas reales.
El secretario asintió con rapidez.
—Sí, señor. Parece que no nos equivocamos: la señora debe estar en Valenciora. Entonces… ¿le avisamos a Jurado que usted regresará?
...
Cristina y Ángela llegaron apresuradas al Hospital General del Norte.
Apenas bajaron al área de hospitalización, se toparon con Elián.
—¿Hermano, trabajas turno de noche? —preguntó Ángela, sorprendida.
Elián notó que Cristina lo miraba de forma completamente imperturbable, y supo que ella ya estaba al tanto de su parentesco.
—Justo voy a entregar el turno. ¿Ya terminaron sus pendientes tan rápido?
Ángela se enfadó al recordar el asunto.
Ella no sabía que entre ellos existía el peso de un odio nacido por un niño perdido.
—No te metas en lo de los adultos, niña. Tampoco te metas en los asuntos de la familia Lozano. Si terminas molestando a Octavio, ni yo podré ayudarte. Mejor vete a casa.
Cristina entró al cuarto. Su abuelo estaba con los ojos cerrados, recibiendo una transfusión.
Al verla, Ivana se puso de pie enseguida y salieron juntas al pasillo.
—Hace unos días estaba tan bien, ¿cómo es que de repente está hospitalizado? —preguntó Cristina, preocupada.
—Todo por culpa de tu suegra esa, la bruja.
Ivana hablaba con una rabia que apenas podía controlar.
—Se enteró de que vivimos en el mismo fraccionamiento y armó un escándalo. Anda diciendo por todos lados que nos pegamos a Octavio como fantasmas. No solo eso, también presionó a la administración para que le dieran el número de nuestro departamento…
Ivana le mostró unas fotos tomadas esa mañana.
—Mira, hoy en la mañana se fue directo a la entrada y colgó una manta insultándote. Se puso a gritar con un altavoz, diciendo que le robaste el novio a su hija, que hasta a tus suegros los maltratas. Todo el fraccionamiento empezó a atacarnos. Tu abuelo casi se infarta del coraje.
Cristina fijó la mirada en la foto, donde la manta decía:
[Bribona se acuesta con tal de subir, “se arregla” para casarse con rico]

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