Cristina desvió la mirada hacia otro lado.
—Divorcio o convertirnos en enemigos, puedes escoger una… o si lo prefieres, las dos a la vez.
—Vaya, sí que sabes lo que quieres —replicó Octavio con voz seca.
Sin agregar nada más, Octavio se dio la vuelta y se marchó.
De repente, Marisol soltó un quejido.
—Ay, hermano, mi mano...
Octavio desaceleró su paso y esperó a que ella lo alcanzara. Marisol, con paso apresurado, se acercó y puso su muñeca vendada sobre la mano de él. Lo miró con una intensidad callada. Sin decir nada, ambos se alejaron juntos.
Por dentro, Cristina ya no sentía nada. A fin de cuentas, ¿quién no había entregado su corazón en vano alguna vez?
...
Tres días después, dieron de alta a Héctor.
Al regresar al Residencial El Paraíso, el personal del condominio llegó con una montaña de regalos como disculpa.
Cristina, mostrando su lado conciliador, les aseguró que esperaba no se repitiera algo así.
Mientras tanto, en redes sociales, el equipo de relaciones públicas del Grupo Alfa había logrado contener el escándalo el mismo día del incidente. Sin embargo, los Lozano no salieron ilesos: su reputación quedó manchada.
Octavio, ocupado tratando de calmar a los accionistas y apagar incendios en la empresa, andaba tan atareado que ni siquiera se tomó la molestia de atender el caso de Sebastián, quien llevaba cinco días detenido.
Cristina tampoco tenía tiempo ni ganas de preocuparse por los problemas de los Lozano. Esos días, se sumergió de lleno en su trabajo en el laboratorio.
...
Faltaban apenas un par de días para la Cumbre de Energía Renovable. Ángela, tras muchos intentos, consiguió una invitación para el evento.
Pero cuando le entregó la tarjeta a Cristina, no pudo ocultar su preocupación.
—Con la situación de la empresa, ni tendríamos por qué estar ahí. Varios amigos movieron hilos y convencieron a los organizadores de darnos ese favor —explicó, dejando claro que la invitación era fruto de contactos más que de méritos.
Cristina pasó los dedos por las letras doradas de la tarjeta.
—¿Y ahora qué pasó? Se nota que traes algo encima.
—El señor Anaya, del Banco de Inversiones Globales, no contesta las llamadas ni acepta reunirse. Hoy, en la tarde, su gente volvió a llamarme para exigir el pago del préstamo. Apostaría a que Octavio le metió presión. Así las cosas, aunque logremos ir a la cumbre, no pasamos del mes.
—¿No tienes algún amigo que lo conozca? ¿Sabe qué le gusta, a dónde suele ir? —insistió Cristina.
Ángela negó con la cabeza, frustrada.
Aun así, ambas se acercaron.
Cristina se armó de valor.
—Disculpe, señor Anaya. Somos las responsables de Dinámica Suprema. Como estamos en la lista negra de su banco, tuvimos que recurrir a esto para poder hablar con usted.
Jesús le sostuvo la mirada, evaluándola con aire pensativo.
Ángela intervino rápidamente.
—La idea fue mía. Yo fui quien manejó mal la relación con su banco. Solo queremos una oportunidad para corregirlo. Si la metí en esto, fue por mi culpa.
Jesús dejó escapar una sonrisa extraña, apenas curvando los labios. Esa expresión, lejos de tranquilizar, ponía la piel de gallina, como si uno viera a un muñeco en la penumbra.
—Tengo una comida pendiente, pero podemos platicar en el carro —dijo con voz impasible.
Ángela no pudo evitar alegrarse.
—Perfecto, muchas gracias, señor Anaya.
Jesús le hizo un gesto con el dedo.
—Me refería a platicar solo con esta señorita.

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