Cristina alzó la voz con rabia, aunque la garganta le ardía.
Julieta fingió que apenas recordaba a qué había ido, con esa cara de “ah, cierto, lo importante” y soltó:
—¿No que andabas peleando con mi hija por un hombre? Volviste a perder. Vine a traerte un regalito de consuelo.
Mientras hablaba, ya estaba al pie de la cama y sacó su “regalo”.
Era una foto de Octavio y Marisol enmarcada, vestidos de novios.
A simple vista se notaba que la imagen era un montaje.
Aun así, a Cristina se le encogió el pecho de pura impotencia.
Julieta apretó los dientes y soltó entre ellos:
—Ojalá te mueras pronto.
—Señora…
—¡Tú cállate!
Valeria quiso intervenir, pero Julieta la calló de inmediato.
Luego volvió a mirar a Cristina, con la voz empapada de veneno.
—Sí, lo mandé hacer con computadora, pero dentro de poco esa foto va a estar colgada de verdad en la sala de la casa familiar. Mientras Octavio siga queriendo a mi hija, ni la abuela ni nadie podrá impedirlo.
—Cristina, date cuenta. Desde que Octavio subió al avión, tú ya estabas fuera del juego.
En ese instante, toda la tormenta que había en los ojos de Cristina se disipó.
Señaló un rincón del marco con absoluta indiferencia y preguntó:
—¿Y eso qué es?
—¿Dónde?
Julieta se inclinó a mirar, y fue entonces cuando Cristina le sujetó la cabeza y la estrelló contra el marco.
El golpe no fue fuerte, pero sí dio justo donde la última vez Julieta se había lastimado.
Julieta chilló, pero Cristina no la soltó.
—¡Maldita, suéltame…!
No alcanzó a terminar. Cristina tosió y le escupió sangre directo en la cara.
—¡Estás loca! ¡Te vas a morir!
Julieta, espantada y furiosa, salió corriendo de la habitación.
Valeria se quedó paralizada, pero Cristina solo agitó la mano.
—Me cayó mal el agua salada, traigo el estómago hecho trizas. Mañana ya estaré bien.
Valeria se llenó de angustia y frustración.
—¿Por qué hizo eso? ¡No tenía por qué tomar agua del mar!
El título decía:
[¡Culebrón de ricos! El presidente del Grupo Alfa captado en el extranjero con una mujer misteriosa. ¿Dónde quedó el esposo perfecto? ¿La esposa oficial solo es la tapadera?]
Menos de un minuto después, esa misma amiga le mandó la foto de la nota.
Se veía a Octavio llegando en carro a una casa en plena madrugada, acompañado de una mujer en el asiento del copiloto.
Por la luz, no se distinguía quién era ella.
Pero Cristina lo supo de inmediato: era Marisol.
¿No que estaba tan mal que ni el doctor Montoya podía salvarla?
Y ahora andaba paseando con Octavio como si nada.
Sintió que le clavaban una daga en el pecho, un dolor tan agudo que le cortó la respiración.
[Tu esposo es muy hábil, pero ¿qué importa que borre las noticias? Todo el mundo ya sabe que te puso los cuernos. Todos están tratando de adivinar quién es la mujer misteriosa y cuándo te van a botar. ¿Qué se siente haber dejado todo por amor y ahora ser el hazmerreír de todos?]
Después de ese mensaje, la “amiga” compartió en el chat de ex compañeras unas fotos de su empresa, presumiendo lo bien que le iba, y soltó varios comentarios sobre mujeres que deben tener dignidad. No mencionó nombres, pero Cristina entendió el doble filo de cada palabra.
No le hizo caso a esas provocaciones infantiles, solo apretó el celular con más fuerza.
En unos cuantos días, la felicidad que creía tener se le volvió pedazos de vidrio bajo la piel. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar, ya estaba de nuevo al borde del abismo.
Trató de calmarse, y mirando a Marco, preguntó con voz tranquila, pero intencionada:
—¿Cómo está Marisol?

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