Cristina volteó en dirección a la voz, encontrándose con una mesera que pasaba por ahí.
—Disculpa, ¿puedes llevarme de regreso al salón principal?
Aunque tenía la cabeza dándole vueltas, su instinto de protección seguía intacto. Volver al salón era ponerse a la vista de todos y, con eso, reducir cualquier peligro.
—Sí, sígueme por acá —respondió la mesera.
Aprovechando que Cristina no estaba completamente atenta, la mesera tomó dos fotos con el celular y las envió a su jefe. Después, empezó a caminar más despacio para que Cristina pudiera seguirle el paso.
Avanzaron un rato por los pasillos hasta que llegaron frente a un elevador.
Cristina recordó que el área de registro y el salón donde se celebraba la subasta estaban en el mismo piso; no hacía falta tomar ningún elevador.
Al darse cuenta de que algo no cuadraba, Cristina giró para marcharse, pero la otra mujer la sujetó con fuerza y la empujó hacia el interior del elevador.
—No tengas miedo, solo necesitas descansar un rato en el cuarto. Mañana vas a estar bien, ya verás.
—¿Quién te mandó a hacer esto? —espetó Cristina, sintiendo la debilidad apoderarse de su cuerpo.
La mesera no dio respuesta. Cristina, incapaz de oponer resistencia, observó impotente cómo las puertas del elevador se cerraban lentamente, una sensación de pánico invadiéndole el pecho.
Por más precauciones que había tomado, igual terminaron tendiéndole una trampa...
...
En otro pasillo, justo al doblar la esquina y viendo cómo el elevador subía, Ernesto intentó soltarse del agarre de Francisco.
—¡Cristi está en peligro, suéltame!
—Ni siquiera entraste a ese cuarto, ¿por qué estaría en peligro? Además, si lograron engañarte, seguro intentarán hacer lo mismo con Octavio para que vaya a “atrapar a la infiel”. En un rato más, su esposo la va a encontrar. ¿Qué es lo peor que podría pasarle? —le soltó Francisco, buscando calmarlo.
Las palabras de Francisco lograron enfriar el impulso de Ernesto.
—Pero su salud está hecha un desastre, apenas se está recuperando y ahora le dieron algo raro... ¿Quién podría querer hacerle daño? —insistió Ernesto, preocupado.
Francisco, notando que Ernesto ya no intentaba perseguir el elevador, lo soltó y respiró hondo, entrecerrando los ojos.
—¿Te importa tanto? ¿Qué tienes con ella? —preguntó, con el tono cargado de doble intención.
Ernesto lo miró de frente, sin vacilar.
—Tú con ella tienes lo mismo que yo. No te hagas. Todo ese discurso de que sea su abogado, de que la ayude, en el fondo solo lo haces por ti —reviró.
Francisco soltó una risita desdeñosa.
En medio de la urgencia, le soltó con voz dulce y coqueta:
—Ay, amor, ¿por qué tardaste tanto?
La frase dejó a Tobías, hombre acostumbrado a todo tipo de situaciones, completamente desconcertado por un momento.
La mesera, creyendo que de verdad era su esposo, se asustó y soltó a Cristina, saliendo rápidamente del elevador.
Saúl, el asistente, al ver que la mujer escapaba, salió corriendo tras ella.
Mientras se alejaba, gritó con voz fingida:
[¡Primero ayuda a tu esposa, jefe!]
Tobías, saliendo de su asombro, entró de inmediato al elevador y sostuvo a Cristina, que ya no podía mantenerse en pie.
Al ver cómo el color le subía al rostro, decidió cargarla en brazos.
—¿Te dieron algo raro de comer? —le preguntó, mientras seleccionaba un piso en el panel.
De reojo, notó que la mesera había querido llevarla al noveno nivel.

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