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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 184

Adrián asintió, mientras sus dedos se deslizaban sin apuro bajo la falda de la mujer a su lado.

Sebastían guardó silencio un momento antes de hablar con voz grave:

—Si llegas a ocupar el lugar de tu hermano, ¿podrías dejarlo en paz?

Adrián y la mujer en sus brazos intercambiaron miradas cómplices. Él soltó una risa burlona.

—¿Acaso él alguna vez me dio un respiro?

Así que, de los dos hermanos, solo podía quedar uno.

Sebastían bajó la mirada, apretó los labios, y de un trago terminó el whisky que tenía en la mano.

En ese instante, la puerta del privado se abrió y una mujer con un abrigo rojo apareció caminando con elegancia.

Dos guardaespaldas se acercaron de inmediato, la escanearon con un detector y le pidieron que se quitara el abrigo.

Ella asintió, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero junto a la entrada.

El brillo plateado de un vestido ajustado resaltaba sus curvas provocativas.

La mujer avanzó, hizo una pequeña reverencia frente a Adrián y luego se sentó junto a Sebastían, sirviéndole más licor.

—No lo necesito.

Sebastían dejó el vaso sobre la mesa. El movimiento de la mujer quedó suspendido.

Adrián sonrió.

—Julieta está enferma. Papá, eres un hombre como cualquiera, tienes tus necesidades. Solo no dejes que ella se entere. Esta mujer es mucho más limpia que Julieta.

—Tú y yo pensamos distinto en esas cosas —replicó Sebastían, negando con la cabeza.

Adrián guardó silencio, sin perder la sonrisa.

La mujer se acomodó el cabello largo, dejando que el aroma intenso de su perfume llegara hasta Sebastían.

A él le gustaba ese tipo de fragancias. De hecho, por eso se había obsesionado con Julieta cuando la conoció trabajando en el spa.

Sin querer, su mirada terminó fija en la mujer.

Fue entonces cuando notó que ella también lo miraba, con una intensidad ardiente.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Sebastían, cortante.

Ella, con delicadeza, acercó la copa a sus labios y, recargándose en su hombro, soltó una risita.

—Es que usted es muy guapo.

La expresión de Sebastían se endureció, pero aun así bebió el licor que ella le ofrecía.

La mujer se levantó, rodeó el sofá y se colocó detrás de él. Sus dedos suaves empezaron a masajearle las sienes.

—Solo quiero que se relaje, que descanse un poco.

Ernesto no terminaba de entender los planes de Cristina, pero sentía un nudo en la garganta.

—Cristina, estos cuatro años... ¿qué te pasó? Antes eras tan alegre, jamás te habrías vuelto así.

Ella bajó las pestañas, como si nada.

—Todos tenemos que madurar. ¿O acaso para ti estos años han sido fáciles?

Eso solo le hizo sentir más tristeza.

—Vámonos —dijo ella, adelantándose—. Gracias por ayudarme esta vez. Procuremos no vernos mucho después de esto.

Caminaron juntos hacia la salida del bar.

En ese momento, un grupo de jóvenes ebrios entraba a empujones y risas desordenadas.

Ernesto, por instinto, extendió un brazo para proteger a Cristina.

De pronto, una mujer borracha tropezó con Cristina, lanzándola directo al pecho de Ernesto.

Cristina, molesta, le lanzó una mirada fulminante a la mujer. Estaba por apartarse de los brazos de Ernesto cuando, de pronto, el destello de un celular iluminó la escena.

—¡Ándale...! —se escuchó una voz burlona.

Julieta acababa de tomarles una foto, y guardó el celular en su bolso como si fuera un tesoro, con una expresión triunfal.

—¡Por fin los atrapé, par de infieles!

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