—¿Crees que necesito que me expliques esto? ¡Eres una desgraciada!
Julieta leyó el reporte pericial, y la rabia le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. De un salto se lanzó desde la cama directo hacia Cristina.
Ernesto reaccionó al instante; la sujetó de la muñeca y, sin miramientos, la arrojó de vuelta a la cama.
Julieta se golpeó la cabeza contra el borde. Le costaba ponerse de pie, respiraba con dificultad, y el sudor le chorreaba de la frente en gotas gruesas.
Cristina la miraba desde arriba, ni una pizca de compasión en sus ojos.
—¿De verdad piensas que cargar con todas las culpas de tu hija te convierte en una buena madre ante sus ojos? No, Julieta. Para ella solo eres la que recibe los golpes en su lugar.
—¡Cállate!
Julieta tenía los ojos inyectados de furia, se abrazó a sí misma con fuerza, la cara tan pálida como una sábana.
Cristina no se detuvo.
—¿Crees que Sebastían te trata bien porque te ama? No, solo eres la excusa perfecta para que él siga fingiendo que es fiel. Ahora que otra ya está esperando un hijo suyo, él daría lo que fuera porque tú desaparezcas. Y tú, en fase terminal, ya no puedes cambiar nada.
—¿Quién es? ¡Dime de una vez quién es esa mujer!
Julieta la miraba como si fuera a perder la cabeza.
Ernesto susurró:
—Vamos, no tiene caso quedarse aquí hasta que pase una tragedia.
Cristina volvió a mirar a Julieta, los labios curvados en una mueca helada.
—Señora Silva, su hija la dejó, su esposo la echó, y al final, ni siquiera merece morir en su casa, sino encerrada en una celda.
A la una de la madrugada, Cristina y Ernesto salieron por fin de la comisaría del norte.
Cristina tenía las manos tan tensas que los nudillos se le habían puesto blancos.
Ernesto no quiso dejarla manejar. Se ofreció a llevarla a casa en su propio carro.
Durante todo el camino, Cristina permaneció callada.
Al llegar al edificio, Ernesto le habló con suavidad:
—Vete a dormir un rato y olvida todo esto por hoy.
Cristina sentía la garganta reseca, la voz le salió ronca:
—Después de todo lo que hice, ¿no soy igual que ellos? ¿No me volví un monstruo también?
Antes, ni siquiera podía matar un pez.
Ahora, por sobrevivir, causó que Lilian se quedara sin poder caminar y fue ella misma quien arrastró a Julieta al abismo.
Sentía las manos manchadas de sangre y sabía que no había forma de limpiarlas.
Ernesto le cubrió los dedos tensos con su propia mano, el rostro lleno de ternura y preocupación.
—No, tú no eres como ellos. Ellos ni sienten dolor por lo que han hecho, pero a ti sí te duele. Eso es porque eres humana.
Con el pulgar, Ernesto acarició su mejilla.
Las palabras del doctor llegaron claras a los oídos de Julieta.
Pero ella, con la mascarilla de oxígeno puesta, ya estaba al borde del final. Aunque quisiera, ya no podía hacer nada.
Sebastían se dejó caer de rodillas junto a la cama, tomó la mano de Julieta —la que tenía el suero— y sintió la angustia apretándole el pecho.
—Julie, voy a buscar al mejor médico para ti. Te vas a recuperar, te lo prometo.
Julieta hizo un esfuerzo por abrir los ojos y murmuró algo imposible de entender.
—¿Qué quieres decir?
Sebastían le retiró la mascarilla para escucharla mejor.
—¿Dónde está Marisol?
Su voz era apenas un susurro.
La verdad, la policía ya había intentado contactar a Marisol primero.
Pero ella no contestó la llamada.
—Ahora mismo le llamo.
Sebastían sacó su celular.
Pero Julieta lo detuvo con una mirada.
—Dímelo tú... ¿Qué es lo que has estado haciendo a mis espaldas?

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