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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 203

Cristina se vio obligada a retroceder, pero detrás de ella ya estaban parados dos guardaespaldas.

No le quedó de otra que armarse de valor y caminar hasta el lado del carro de lujo.

La puerta se abrió.

Octavio estaba recostado en el asiento trasero, cruzando las piernas con elegancia. El traje impecable resaltaba su porte distinguido, aunque la sombra morada bajo sus ojos delataba lo agotador que había sido el combate en la junta directiva.

—Sube al carro —ordenó.

—Si tienes algo que decir, dilo aquí.

Octavio giró la mirada hacia ella, sus ojos oscuros llenos de una presión difícil de ignorar.

—Cristina, ¿de verdad crees que ya no tengo fuerzas para hacerle algo a Dinámica Suprema o a tu abuelo?

Cristina dio la vuelta y se subió al carro por el otro lado.

Ambos guardaron silencio, la tensión colgando en el aire.

—¿Ya cenaste? —preguntó Octavio, rompiendo el hielo.

—Sí, comí en el trabajo —respondió Cristina, seca.

—Yo no he comido —replicó él.

Si se moría de hambre, a ella no le movería ni una pestaña.

—Ya te dije, mi abuelo es mi límite. Si te atreves a...

Cristina no pudo terminar la frase. Octavio le sujetó la cara con una mano, sus dedos largos se hundieron en la piel suave, como si con un poco más de fuerza pudiera lastimarla.

—¿No podías esperarte a que yo resolviera lo de Julieta antes de actuar? —le soltó, los ojos ardiendo de rabia contenida.

Cristina sintió esa furia a punto de desbordarse, pero se negó a hacerse a un lado. Lo encaró de frente, sin ceder ni un milímetro.

—¡No podía!

Octavio sintió cómo se le desgarraba algo por dentro, una punzada de dolor que llegaba hasta lo más hondo.

—¿De verdad me odias tanto? ¿Te gustaría verme perderlo todo?

Cristina lo miró con indiferencia.

—No olvides la promesa que hiciste. Si no logras salvar el Grupo Alfa, tú mismo firmarás el divorcio. Ojalá te echen del consejo hoy mismo, sería más rápido que esperar a la audiencia.

Octavio soltó una risa amarga, sus ojos perdiendo el brillo.

La soltó al instante.

En ese momento, un sobre cayó sobre las piernas de Cristina.

Ella lo abrió y se quedó paralizada.

Había dos documentos: uno era el divorcio, el otro una carta de confirmación.

¿De verdad estaba dispuesto a soltarla?

A Cristina le temblaron las manos.

La voz de Octavio sonó cortante, tranquila, como si el hombre a punto de perder el control hace un momento fuera otro.

—Los fideicomisos están en Silvania, veinte mil millones de pesos, protegidos contra cualquier deuda mía. Mientras sigas viva, el cinco por ciento de las ganancias se depositará cada año en tu cuenta.

Cristina luchó por mantenerse serena.

—No quiero tu dinero, puedo mantenerme sola.

Sebastián sólo alquiló una sala en la funeraria para los amigos cercanos, pero casi nadie acudió.

Cuando Octavio llegó de la mano de Cristina, Sebastián estalló de furia.

—¿Por qué traes aquí a la asesina?

Octavio la atrajo hacia sí, protegiéndola.

—Papá, la policía ya determinó que fue una muerte por enfermedad repentina. Cristina no tuvo nada que ver. La abuela nos pidió que viniéramos por compromiso.

—Si no la hubiese metido a la comisaría, ¿crees que Julie estaría muerta tan rápido?

Sebastián estaba a punto de correrlos, pero Marisol, con los ojos enrojecidos y vestida de luto, se acercó.

—Tío, todos los que vienen hoy son invitados... Deja que mamá descanse en paz.

Sebastián se tragó el enojo.

Octavio, aunque nunca simpatizó con Julieta, hizo una reverencia impecable, como si fuera el mejor actor.

Cristina, a su lado, evitó mirar el ataúd.

Sebastián soltó, apretando los dientes:

—La mataste de coraje, ¿ni siquiera vas a arrodillarte un momento?

—¿Y ella se lo merece? —le reviró Cristina.

Esta vez, Sebastián no pudo contener la rabia.

Llamó a los guardaespaldas fuera de la sala.

—¡Al que le rompa las piernas le doy cien mil!

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