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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 215

Debajo de un árbol junto a la acera.

Octavio se paraba justo en la frontera entre la luz del farol y las sombras de las ramas. El saco de lino de su traje, con solapa de pico, se agitaba con el viento nocturno, y los gemelos de platino brillaban en la penumbra, lanzando destellos helados. Hasta el contorno de su cuello reflejaba una indiferencia distante.

A un par de pasos de distancia, Tobías se mantenía erguido. Su traje italiano hecho a la medida resaltaba una figura imponente bajo la luz pálida de la luna; hasta el simple gesto de aflojarse la corbata de seda exudaba una elegancia despreocupada, como si el lujo fuera parte natural de su piel.

—Señor Jurado —Octavio esbozó una sonrisa apenas perceptible, su voz tan cortante que parecía un susurro de acero—, la familia Jurado siempre ha sido de principios. No creo que sean capaces de quitarle la esposa a otro.

Tobías lo miró sin perder la compostura, los ojos cargados de una arrogancia que casi se podía palpar.

—¿Y tú crees que te corresponde opinar sobre la familia Jurado?

Octavio desvió la vista hacia algún punto lejano.

—Cristina es mi esposa. Y aunque todavía no nos hayamos divorciado, incluso si un día lo hiciéramos, no permitiría que se casara con otro hombre.

La sonrisa de Tobías se tornó aún más desdeñosa.

—La época de las haciendas ya terminó hace más de cien años, ¿acaso te acaban de sacar de una cueva o qué?

Hizo una pausa, alzando una ceja con un gesto burlón.

—Te la pasas cuidando a tu hermanastra como si fuera un tesoro, tienes a tu nuevo amorcito bien cerca, y mientras tanto maltratas a tu esposa; pero aun así sueltas que "la amo mucho". Vaya, hay que ser basura para hacer eso.

Los ojos de Octavio se endurecieron de golpe, sintió el pecho apretado por la rabia.

Tobías, sin embargo, solo dirigió la mirada hacia el horizonte, dejando ver apenas una sonrisa en los labios.

La mano de Octavio, colgando a un costado, se cerró en un puño. Su tono se volvió áspero:

—No importa lo que digas, yo soy el único hombre en la vida de Cristina. Ya deja de soñar con hacerla tu sobrina política.

El ceño de Tobías se frunció apenas, marcando una arruga en la frente.

—¿Qué acabas de decir?

La voz de Octavio salió aún más áspera, cada palabra quemando el aire.

—Mientras el acta de matrimonio siga vigente, tu sobrino no es más que el amante a escondidas.

Tobías lo observó en silencio durante medio minuto, y cuando por fin abrió la boca, lo hizo con una calma que rayaba en la indiferencia.

—Si a él le gusta, ¿a ti qué te importa?

Dicho esto, se dio la vuelta y regresó a su carro, el rostro tan impasible como si no hubiera ocurrido nada.

Francisco cerró la puerta con seguro y preguntó:

—¿Te amenazó Octavio, tío?

Tobías lo miró fijamente, una mirada tan penetrante que Francisco sintió un nudo en el estómago. Al final, Francisco optó por encender el motor y mirar hacia adelante.

—Señorita Montoya, la señora Jurado de Tecnología Prisma quiere ver a la señorita Pérez.

—¿La señora Jurado? ¿La mamá de Francisco? —Ángela miró a Cristina—. ¿Qué querrá contigo?

...

Cristina no quiso hablar de asuntos personales en la oficina, así que acordó con Clara Jurado verse en una cafetería del centro.

Ambas llegaron en carros separados, pero Clara se aseguró de tomar la delantera.

Rentó toda la cafetería para la reunión y, apenas Cristina puso un pie dentro, le arrojó una taza de café negro encima.

—Señora Jurado... —Cristina la miró, sorprendida.

Clara se sentó despacio en una silla, sacó un cheque de su bolso de diseñador y lo deslizó por la mesa.

—¿Cuánto cuesta la ropa que llevas puesta, señorita Pérez? Te la compro. Quítatela de una vez.

Cristina se sacudió los restos de café en la ropa, la mirada tan cortante que podría haber congelado el aire.

—¿En qué momento la ofendí, señora Jurado?

Clara bufó con desdén.

—¿No tienes cara para reconocer que te acuestas con mi hijo a escondidas?

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