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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 240

Saúl esperó un buen rato, pero seguía sin recibir respuesta. Al final, se arremangó la camisa y soltó:

—¿Para qué complicarnos tanto? Mejor le arranco unos cabellos y hacemos la prueba de ADN.

—Hazlo, ve de una vez —respondió Tobías, con una rapidez que no dejaba espacio ni para pensarlo.

Saúl se quedó en silencio.

¿De verdad se atrevería a meterse con una mujer capaz de matar a su propio esposo? Solo de pensarlo se le hizo un nudo en el estómago.

Luego, soltó una risa incómoda.

—Solo estaba bromeando, ¿usted sí se la creyó?

...

Hospital, habitación.

Octavio despertó y se dio cuenta de que la anciana estaba a su lado, velando su sueño. Soportando el dolor en cada músculo, hizo el esfuerzo de incorporarse en la cama.

—¿Dónde está Cristina? —preguntó, la voz apagada.

La anciana, con el semblante más duro que nunca, contestó sin rodeos:

—Ella intentó matarte, ¿todavía no puedes olvidarla?

Octavio bajó la mirada, la angustia reflejada en cada línea de su cara.

—Fui yo quien la orilló a hacerlo.

La anciana soltó un bufido y le arrojó unos papeles.

—Mira todo lo que ha pasado en la empresa mientras estabas inconsciente.

Lo que Octavio tenía en las manos era la resolución de la junta directiva:

Debido a la grave incertidumbre sobre la salud de Octavio, la junta decidió que, a partir de ahora, un equipo de gestión profesional se haría cargo de las operaciones de la empresa. Al mismo tiempo, Octavio quedaba relegado al puesto de vicepresidente.

—Por culpa de Cristina, hiciste que Valeria perdiera al bebé. Estos días, tu padre ha estado ayudando a Adrián, presionando a la junta y buscando el apoyo de los veteranos de la empresa. Esos hombres ayudaron a tu abuelo a levantar todo desde cero y su palabra pesa más que la tuya o la mía. Aunque todavía tenemos suficientes acciones para controlar las decisiones, no podríamos resistir si todos ellos se nos voltean.

—¿Hoy es el funeral de Héctor? —preguntó Octavio, tragándose el dolor.

...

Cementerio.

El entierro de Héctor fue sencillo. Solo Cristina e Ivana vestían de luto, mientras los hermanos de la familia Jurado llevaban brazaletes negros en el brazo.

Francisco se mostró especialmente atento. Cuando Cristina terminó de rezar, la ayudó a levantarse con delicadeza.

Octavio, desde el carro, los observaba con fastidio, sintiendo una punzada de celos que le revolvía el estómago.

Marco llegó empujando una silla de ruedas. Apenas bajó del carro, Octavio se sentó en ella. Le costaba tanto trabajo caminar que, para recorrer los cien metros del camino hasta la tumba, no le quedaban fuerzas.

Cuando Cristina lo vio, sus ojos no mostraron ni una pizca de compasión.

—Estamos en medio de un funeral, señor Lozano. Si viene a hablar de divorcio para molestarme, mejor regrese otro día.

—Cristi —tragó saliva, la voz quebrada—, vayamos al registro civil y terminemos con esto.

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