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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 25

—Ese niño no es mío.

Cristina se quedó helada por un instante, pero enseguida recobró la compostura.

—Entonces júralo. Jura que el bebé que perdió Marisol no tiene nada que ver contigo. Si mientes, que un rayo caiga sobre toda tu familia.

—¡Cristi! —Ahora sí, Octavio se mostró molesto de verdad.

—Te lo repito por última vez: jamás he traicionado nuestro matrimonio.

Cristina dejó escapar una sonrisa cargada de sarcasmo.

—¿Y se supone que debo creerte? ¿Que vas a seguir cuidándola y consintiéndola, siempre escudándote en la responsabilidad? ¿Que si ella necesita el calor de un esposo, tú se lo vas a dar sin chistar, pero según tú, todo eso no tiene nada que ver con el amor?

—Octavio, ¿me ves cara de tonta o qué?

Los dedos de Octavio se pusieron tan fríos como el hielo.

—¿En qué momento se nos fue la confianza? ¿Por qué ya no la hay entre nosotros?

Cristina ladeó la cabeza, pensativa. ¿Desde cuándo había dejado de confiar en él?

—¿Tú de verdad te creíste el resultado de la investigación del accidente en la pastelería? —le preguntó.

—Si tienes dudas, podemos pedir una revisión del caso. —Su expresión no cambió; ni siquiera su respiración se alteró.

Octavio era experto en ocultar lo que sentía. Cristina pensó que tal vez había sido desde ese momento cuando todo empezó a cambiar.

Bajó la voz, como si le costara decir lo que salía de su boca.

—No puedo ser la esposa que tú quieres. No somos compatibles.

Pero Octavio apenas soltó una risita, la tomó de la mano izquierda y, con dos dedos, atrapó su anular.

—Eso del divorcio no lo decides tú sola. Cristi, desde que te casaste conmigo, estamos ligados para siempre. Cuatro años, y pensé que ya entendías el peso que tiene el apellido Lozano.

Cristina sintió un escalofrío en la mano. Se dio cuenta de que el anillo que había perdido había regresado a su dedo.

Pero no podía ser. Ese anillo se había hundido en el fondo del mar, y aunque Octavio supiera dónde se había caído el carro, no tenía cómo recuperarlo.

Además, si él supiera lo que le ocurrió a ella el día que él había volado a ver a Marisol, y aun así reaccionaba así, entonces solo podía aceptar una verdad dolorosa: su matrimonio era una farsa. Ella solo era una pantalla, un escudo para Octavio.

—Valeria, ¿cómo es una vida matrimonial normal? —preguntó Cristina, con la voz apagada.

Valeria se quedó callada, incómoda. Pasó un largo rato antes de responder:

—No sabría decirle, señora. Mi esposo falleció el día después de casarnos.

—Perdón, no quise incomodarte con la pregunta.

Cristina se apresuró a disculparse.

Valeria sonrió, resignada.

—No se preocupe, señora, ya aprendí a vivir con eso. Todavía me cuesta dejarlo ir, pero estoy bien. No tuve una vida matrimonial normal, pero crecimos juntos desde niños, y sé lo que es el amor entre dos personas que se quieren.

—¿Y cómo es eso? —Cristina preguntó, intrigada.

Valeria sonrió de nuevo.

—Pues, es como usted y el señor Lozano. Se pelean a cada rato, pero él siempre la consiente, y usted también le da la oportunidad de reconciliarse.

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