Ángela pisó el acelerador a fondo, logrando dejar atrás al carro que las seguía.
Pero el camino las llevó directo a la autopista rumbo al aeropuerto.
Cristina, con el rostro tenso, mantenía la mirada fija en el retrovisor. A pesar de sus esfuerzos, el otro vehículo reapareció como una sombra, pegándose otra vez a su parachoques.
¿Qué demonios quiere este tipo?
En ese momento, de la rampa lateral se lanzó de repente una camioneta blanca.
Ángela no alcanzó a esquivar. El impacto fue brutal; el carro giró fuera de control, el mundo entero empezó a sacudirse como si estuviera de cabeza.
En medio del golpe, fragmentos de recuerdos estallaron en la mente de Cristina, como si mil pedazos de vidrio se revolvieran en su interior.
Solo aguantó un par de segundos antes de perder el conocimiento. Todo se apagó de golpe.
El carro terminó rodando hasta estrellarse a un costado de la autopista, quedando inmóvil, envuelto en un silencio total.
...
—Adrián, ya estuvo —soltó el hombre al volante, revisando por el retrovisor con una sonrisa de satisfacción.
—Muévanse de ahí. No dejen que nadie los encuentre y ni se les ocurra arrastrarme en esto.
—Entendido.
Ambos vehículos aceleraron, perdiéndose sin dejar rastro.
No muy lejos, un Ferrari 488 GTB avanzaba rumbo al aeropuerto, deslizándose sobre el asfalto como si nada.
El conductor, atento, notó el carro volcado a un lado de la avenida, las luces de emergencia parpadeando de forma insistente.
Bajó la velocidad y preguntó:
—Allá adelante parece que se accidentó alguien. ¿Deberíamos ayudar?
Saúl consultó el reloj, listo para decidir según la hora, pero fue Tobías, desde la parte trasera, quien habló primero con voz grave:
—Detente.
El carro frenó en el acotamiento.
Saúl fue el primero en saltar fuera, corriendo hacia el vehículo accidentado.
Al asomarse y ver el estado en que estaban, sus pupilas se dilataron. Se agachó de inmediato, metiéndose como pudo en el chasis deformado, y logró sacar a Ángela, que aún respiraba, aunque apenas se mantenía consciente.
Ángela, al escuchar eso, perdió la paciencia.
—Una ambulancia tarda fácil quince minutos en llegar. ¡Si la llevamos nosotros llegamos antes!
Tobías, sin decir nada, se agachó y le tomó el pulso a Cristina.
En ese instante, Cristina, atrapada en un torbellino de recuerdos y sensaciones, sentía que seguía cayendo en un abismo. De pronto, una mano cálida la sujetó por la muñeca. Todo se detuvo. El mundo, por un segundo, se llenó de luz.
—Cuenta hasta cien. Cuando llegues a cien, vendré por ti.
La voz le resultaba tan cercana, pero no lograba reconocer a la persona tras ella.
Cristina se esforzó por ver el rostro de quien la sostenía, pero en su mente solo alcanzaba a distinguir esa mano apretando la suya y la manga impecable de una camisa blanca.
Entonces, la mano soltó la suya.
Tobías terminó de revisar el pulso de Cristina y se incorporó.
Cristina, como si emergiera de un sueño, recuperó un poco la conciencia. Vio a Tobías frente a ella y, con las pocas fuerzas que le quedaban, levantó el brazo, intentando aferrarse a su mano que ya se alejaba, y murmuró con un hilo de voz:
—Toby...

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