Tobías retiró la mano y, sin mostrar emoción alguna, observó cómo ella se alejaba.
Saúl quiso decir algo, pero Tobías le hizo una señal para que guardara silencio.
En ese momento, Ángela llegó manejando el carro.
Cristina estaba a punto de subir cuando, de pronto, alguien la llamó desde atrás.
—Cristina.
Ella volteó y vio a Fabián acercándose a paso rápido.
—La vez pasada casi ni platicamos, fue todo muy rápido. ¿Me dejas invitarte a cenar esta vez?
—¿De verdad crees que queda algo que tengamos que hablar tú y yo? —le soltó Cristina, con una calma que rayaba en la indiferencia.
Fabián bajó la mirada, con un gesto de vergüenza.
—He tratado de mejorar todos estos años, quería ser alguien que tú pudieras respetar.
Cristina dejó escapar una ligera sonrisa.
—Mientras sigas con Gabriel, jamás podré verte con respeto.
Se giró para irse, pero él se apresuró a detenerla.
—¿No andas buscando pruebas de que Gabriel te robó tu trabajo académico? —le soltó Fabián.
Cristina se detuvo de golpe.
De pronto, comenzó a llover.
Fabián se adelantó y, en un intento torpe de protegerla, levantó la mano sobre su cabeza.
—Mañana a las siete de la noche, en El Jardín Gastronómico. Te entregaré las pruebas. Anda, súbete al carro, no vayas a enfermarte por mojarte.
Después de decirlo, la ayudó a subir con delicadeza y la observó mientras se alejaba.
Desde lejos, Saúl contempló la escena y, levantando una ceja, murmuró:
—Vaya, qué coincidencia. Mañana tiene una cena en El Jardín Gastronómico, ¿no?
Tobías miró la cortina de lluvia que se hacía cada vez más densa y, con voz tranquila, replicó:
—¿No tienes otra cosa que hacer últimamente?
Saúl titubeó y soltó sin pensar:
—¿Ya no le gusta la señorita Pérez?
Tobías no respondió y se marchó en dirección opuesta.
...
Al día siguiente, después de salir de trabajar en Dinámica Suprema, Cristina fue directo a El Jardín Gastronómico.
Debido a que tenía problemas para caminar, tomó un taxi.
El Jardín Gastronómico era un restaurante con inspiración japonesa.
Como Cristina tenía el pie lastimado, el personal le cambió el asiento tradicional por una silla más cómoda.
—¿Y qué tan grave fue tu lesión? —le preguntó Fabián, mostrando preocupación.
Las palabras de Fabián hicieron que Cristina soltara una carcajada.
—Si quiero el dinero de Octavio, no necesito complicarme. Lo que te asusta es que los datos que dejé algún día se acaben, y entonces te quedes sin recursos técnicos. Si te descubren, Octavio te va a dejar sin nada.
En ese momento, el tono de Cristina se volvió serio.
—Tú y Gabriel son iguales. Ojalá se traguen su propia medicina cuanto antes.
Se dio la vuelta para irse.
—¡No, no te vayas!
Fabián, al borde del colapso, se lanzó para sujetarla del brazo.
Cristina se giró ágilmente y le dio un bastonazo en la cara, con fuerza.
Fabián se llevó la mano al rostro. Sus ojos, que aún guardaban un poco de razón, se nublaron por completo.
—Hoy, si no aceptas, no sales de aquí.
...
En el privado de enfrente.
Saúl asomó la cabeza por la puerta, se acercó y le susurró a Tobías:
—Oiga, hace rato se escuchó un escándalo del otro lado, ¿quiere que vayamos a ver?
Tobías estaba en medio de una reunión, y al escuchar eso, se quedó pensativo unos segundos.
Estaba a punto de decir algo, cuando de pronto la puerta corredera, al estilo japonés, del otro lado se vino abajo con un estruendo. —¡Pum!—

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