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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 277

Cristina se quedó completamente paralizada.

Tobías detuvo su movimiento un instante y después alzó una ceja.

—¿Y eso qué es, una nueva técnica de ataque?

Cristina se tapó la boca con rapidez.

—Ya no estoy limpia.

El rostro de Tobías se oscureció por un momento. Sorprendentemente, esta vez no le llevó la contraria.

La acomodó en la silla de ruedas y miró a Saúl.

Saúl, algo nervioso, señaló hacia el asiento del conductor y trató de explicarse.

—Jefe, tengo que estacionar el carro primero.

Así que, una vez más, el encargo de subir a Cristina quedó en manos de Tobías.

Le lanzó una mirada cortante a Saúl y, sin decir nada, empujó la silla de ruedas hacia el elevador.

Pero al llegar a la puerta de la casa de Cristina, se topó con un problema: la silla era demasiado ancha y no cabía.

Tobías soltó un suspiro de resignación tan notorio que hasta Cristina lo pudo sentir. Se agachó para cargarla de nuevo.

Esta vez, Cristina aprendió la lección. Puso las manos sobre los hombros de él, evitando que la levantara con tanta fuerza como antes.

Así, entraron juntos al departamento. Sin tropiezos, ni accidentes.

Cristina por fin pudo relajarse.

El aire tibio de la respiración de Cristina rozó la oreja y el cuello de Tobías como una pluma.

Tobías, por un instante, perdió el ritmo. Sus pasos firmes se tornaron torpes y, sin darse cuenta, tropezó con la alfombra frente al sofá...

Ambos cayeron, y él terminó encima de ella en el sofá.

La sala quedó en absoluto silencio, solo se escuchaba la respiración entrecortada de los dos.

Cristina era suave, ya lo había notado la primera vez que la abrazó. Pero tenerla así, tan cerca, atrapada bajo su cuerpo, era una sensación completamente diferente, prohibida.

Tobías se quedó quieto, con la mirada clavada en los labios ligeramente entreabiertos de Cristina. No podía apartar los ojos.

El corazón de Cristina latía con tanta fuerza que hasta ella misma lo sentía retumbar. Por un momento, olvidó que debía empujarlo.

Pasaron unos segundos. Tobías fue el primero en reaccionar y trató de incorporarse.

Pero Cristina lo detuvo, sujetándolo por la corbata.

El agarre no era fuerte, pero suficiente para que él no pudiera levantarse.

Tobías se quedó sorprendido y, con la voz ronca, preguntó:

—¿Me estás invitando?

Cristina respiró hondo. Aprovechando el calor que sentía en el rostro, por fin se atrevió a preguntar lo que llevaba tiempo guardándose.

—La noche que tuve fiebre… ¿fuiste tú quien me cambió la ropa?

En los ojos de Tobías apareció un destello difícil de descifrar. Le respondió con otra pregunta:

—¿Te gustaría que hubiera sido yo?

Tobías, al no obtener respuesta, desvió la mirada y esbozó una mueca irónica.

Con más de treinta años, y casi pierde el control por completo.

Por suerte, su autocontrol de años aún funcionaba, y no se atrevió a decir en voz alta lo que hubiera desafiado todas las reglas.

En ese momento, el intercomunicador sonó en la entrada.

Cristina intentó levantarse para contestar, pero sus piernas no respondían.

Tobías fue hasta la puerta. Ella no alcanzó a detenerlo, y él ya había levantado el teléfono.

Del otro lado, la voz de Ivana sonó animada.

[¡Cristi! Te traje tamales de pollo y chile, dile al guardia que me deje pasar.]

Tobías dudó apenas un segundo, luego respondió con total calma.

—No está.

Colgó de inmediato.

Cristina no podía creer lo que acababa de escuchar.

Lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Tú… cómo pudiste hacer eso?

Él se recargó en la pared, con una sonrisa traviesa en los labios.

—¿Y qué querías que dijera? ¿Prefieres que te vea conmigo aquí dentro?

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