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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 29

Marco se dio cuenta de que había cometido un error grave en su trabajo.

—¿Cómo es posible que no informaras algo tan importante?

Valeria se encogió, intimidada por la voz dura de Marco.

—La señora no me dejó decir nada.

Marco estaba tan molesto que hasta pisoteó el suelo.

—Señor Lozano, en el Residencial Bahía Platina todos los carros tienen localizador. Voy a rastrear en dónde está el carro.

Octavio, con el rostro impasible, lanzó una mirada indiferente a Valeria.

—Vaya, sí que eres leal con ella.

Terminando de decir eso, se dio la vuelta y bajó directo al sótano.

...

Cristina se sentía completamente aturdida, como si flotara entre sueños y pesadillas.

Al principio, el frío la hacía temblar, pero ahora ni siquiera percibía la temperatura a su alrededor. Era como si su cuerpo se hubiera resignado a ese lugar, como si estuviera anestesiada.

Lo único que sentía con claridad era la sed. La garganta le ardía, y no había ni una gota de agua, mucho menos comida.

Poco a poco, la oscuridad que la envolvía empezó a disiparse. De repente, se encontró de pie en un callejón estrecho.

Ese callejón... hacía más de diez años que no pisaba ese sitio.

A los trece años, cuando había escapado del infierno en el que vivía y sin saber a dónde ir, ese callejón y su basurero fueron lo único que le permitió sobrevivir, hasta que...

—¿Qué haces aquí? Ven conmigo.

Cristina volteó rápidamente, pero no vio a nadie.

Esa voz... hacía años que no la escuchaba.

¿No se suponía que esa persona ya había muerto?

Empezó a gritar su nombre y corrió hacia la entrada del callejón, donde una densa niebla lo cubría todo.

Que alguien así la defendiera, le resultaba completamente inesperado.

—Fui yo quien borró del expediente el registro de su aborto espontáneo durante la emergencia; cometí un error profesional solo por tu capricho. ¿Y tú? La encerraste en el sótano, la dejaste casi al borde de la muerte. Si lo hubiera sabido, habría preferido que supiera la verdad... al menos así aprendería a cuidarse.

Cristina se quitó la mascarilla de oxígeno y se incorporó, atónita, en la cama.

Así que esos dolores agudos en el vientre no eran simples calambres, sino la despedida de un pequeño ser que, sin que ella lo supiera, se había ido. Y en medio de tanto silencio y secretos, ese dolor era la única señal que le quedaba de que, aunque fuera por poco tiempo, hubo un niño que llegó a su vida.

Su corazón, ese que alguna vez latió con fuerza por Octavio, ahora se desgarraba en mil pedazos, y en cada uno se reflejaba el rostro impasible de él.

Cristina se llevó una mano a la boca, tratando de ahogar el llanto que amenazaba con brotar.

Elián seguía indignado, pero Octavio, como si nada, contestó con la voz más tranquila del mundo:

—Si se entera de que perdió al bebé, solo va a sufrir más. Voy a hacer que se recupere, y en el futuro podremos tener otro hijo.

Elián soltó una risa sarcástica.

—¿Y la dejaste ardiendo en fiebre y con hipoglucemia en el sótano? ¿Por poco la matas y crees que va a querer tener un hijo contigo otra vez? ¿De dónde te sale tanta seguridad?

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