Cristina jamás se había sentido tan avergonzada en su vida.
—Perdón, me equivoqué de número.
Colgó en cuanto terminó de hablar.
Del otro lado, Tobías salió del laboratorio.
Una mujer le entregó su abrigo y el celular.
—Hay una técnica de extracción de ADN más eficiente, aunque todavía está en fase experimental y tomará tiempo. ¿Quieres que la probemos?
Tobías tomó el abrigo sin mucha expresión.
—Haz lo que creas mejor.
Siempre hablaba así delante de los demás: era casi imposible descifrar lo que sentía.
—Por cierto, te llamaron. Contesté yo —añadió la mujer.
Tobías la miró, curioso.
La mujer soltó una sonrisa:
—Era alguien diciendo que el dinero que pagaste por invertir en la bolsa en la época de los dinosaurios te lo podían devolver. Pregunté si podían regresarlo en monedas de oro y me colgaron insultándome.
Tobías iba a revisar las llamadas, pero tras escucharla, dejó el celular a un lado.
—No aprendas las locuras de esa chava.
La mujer, sin dejar de reír, cambió el tono a uno más serio:
—Cuando termines aquí, ¿vas a ir a Valenciora?
Tobías solo apretó los labios, sin responder. Ella enseguida entendió.
—Ya entendí. No pregunto más.
Por su trabajo, casi siempre tenía que mantener sus movimientos en secreto.
Al salir del centro de análisis, ya en el carro, Tobías apagó el celular.
…
Mientras tanto, Ángela no salía de su asombro.
—¿Esa mujer es su esposa?
Cristina no respondió.
Ángela se tapó la boca, intrigada:
—¿Tú crees que por tu llamada se vayan a pelear esos dos?
Cristina, que por un momento había estado decaída, se recuperó rápido.
—¿Tú crees que si ellos se pelean, él le respondería?
Ángela captó la idea al instante.
—Eso significa que tampoco está tan dispuesto a cooperar, solo lo hace porque no le queda de otra. Todavía podemos negociar.
Cristina asintió.
—Pero si ni siquiera nos recibe, ¿ahora qué hacemos? —preguntó Ángela.
Cristina lo pensó dos segundos y volvió a la recepción.
—Disculpa, ¿puedo ver al asistente de Guillermo?
La recepcionista ya estaba harta:
—Mira, ya te lo dije: Guillermo no te va a recibir, y ver a su asistente no sirve de nada.
Pero Cristina mantuvo la calma, sonrió ligeramente y contestó con voz afilada:
—Solo quiero hablar con el asistente de Guillermo, si él acepta recibirme ya no es asunto tuyo. Si quieres que te vaya bien en la vida, aprende a escuchar consejos.
La joven fingió molestia, pero terminó llamando al asistente de Guillermo.
No pasó mucho cuando el asistente bajó en persona solo para correrlas.
Apenas lo vio, Cristina interpuso una tarjeta frente a sus ojos.
—¿Puedo hablar con Guillermo?

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