Él dirigió la mirada al hombre que llevaba ya un buen rato de pie cerca de la puerta.
—La mucosa gástrica de Cristina está muy dañada. Va a necesitar reposo absoluto durante mucho tiempo, de lo contrario, podría terminar con una hemorragia estomacal. Sobre el efecto del alcohol en su sistema nervioso... eso todavía está por verse.
El rostro de Octavio permanecía casi tan impasible como una máscara. La luz delineaba su perfil tenso, dejando una frontera nítida entre sombra y claridad, igualito que esa muralla que nadie podía cruzar para conocer lo que pasaba en su interior.
—¿Cuándo podrá despertar?
Elián frunció la boca, como si no quisiera dar falsas esperanzas.
—Eso depende de la fortaleza de su propio cuerpo.
—Apenas despierte, avísame de inmediato. Infórmame todos los días sobre su estado, por favor.
Y sin esperar respuesta, se marchó sin mirar atrás, dejando tras de sí una estela de silencio.
...
Cristina no abrió los ojos hasta bien entrada la noche. Su primer pensamiento fue tan claro como la brisa de la madrugada.
—¿Cómo está Dinámica Suprema?
Ángela, que la cuidaba al borde del llanto, apenas pudo responder.
—Cancelaron el aviso de cierre.
Al escuchar esas palabras, la tensión que Cristina había mantenido hasta entonces se desvaneció por completo. El alivio la dejó exhausta, y todas las molestias acumuladas le cayeron encima como una ola.
...
Mientras tanto, en Clarosol.
Tobías regresó del área rural, cansado, pero aun así revisó el celular en cuanto pudo. Mensajes sin abrir, llamadas no contestadas. Sintió un vacío extraño, como si le hubieran arrebatado algo sin avisar.
Solo habían pasado dos días sin responderle... ¿Y ya se había rendido tan fácil?
Así que, después de todo, lo que sentía por él no era tan intenso.
Repasó el registro de llamadas de la mañana. Un número en particular le llamó la atención y, de inmediato, la mirada se le volvió cortante.
Volvió a marcar, pero solo escuchó la voz robótica diciendo: [Si tiene algún asunto, deje su mensaje. Por favor, vuelva a comunicarse mañana.]
—Saúl...
Tobías se detuvo, presionando la lengua contra el paladar, conteniendo una maldición.
Todavía no terminaba lo que tenía pendiente ahí, así que no podía comprar el boleto de avión rumbo a Valenciora.
Saúl lo observaba, esperando órdenes.
—Busca si hay algo inusual en Valenciora.
—¿Inusual?
Guillermo, sorprendido, apenas pudo responder entre risas nerviosas.
—Para mí es un honor, por favor, tome asiento.
La sonrisa de Octavio se ensanchó. Chasqueó los dedos, y en un segundo, una docena de chicas y otra de muchachos entraron con copas en la mano, llenando la sala en un abrir y cerrar de ojos.
Justo cuando la puerta se cerraba, el asistente de Guillermo fue empujado dentro por un par de tipos del grupo.
Octavio, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, se dirigió de nuevo a Guillermo.
—Esta noche nadie se va hasta que las copas estén vacías, así que prepárense para brindar hasta el amanecer.
...
La red de contactos de Saúl en Valenciora funcionó rápido. Para las tres de la mañana ya tenía información.
Saúl entró en silencio al estudio de Tobías. Él sostenía unos papeles, pero la mirada estaba clavada en la pantalla del celular.
Era una foto de Cristina, tomada durante la fiesta de cumpleaños de Gabriel. No llevaba vestido elegante, ni siquiera podía apoyarse sola, y aun así, en ese rostro limpio se notaba una determinación transparente, una fuerza que no se dejaba doblegar.
Saúl lo comprendió de golpe. Su jefe había conocido a muchas mujeres hermosas, pero solo una voluntad inquebrantable podía llamar verdaderamente su atención.
Entonces, Saúl se adelantó un paso y reportó:
—Jefe, hay novedades en Dinámica Suprema...

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