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Al día siguiente, Cristina ya podía salir del hospital.
Su estómago seguía delicado, no podía hacer ningún esfuerzo y solo le permitían comer papillas y caldos; cualquier otra cosa podría provocarle una hemorragia grave.
Ángela y Ernesto tenían asuntos que atender y no podían acompañarla.
Así que fue Elián quien la ayudó con los trámites de salida.
—Cuando llegues a casa, descansa bien. Si te cuidas unos diez o quince días, vas a estar como nueva —comentó Elián mientras revisaba los papeles.
Cristina ladeó la cabeza y, pensativa, soltó:
—Para entonces, supongo que ya será hora de ir con Octavio a firmar el divorcio.
Elián abrió la boca como si quisiera decir algo, pero al final solo logró forzar una sonrisa.
—Ojalá se te cumpla lo que deseas.
La acompañó hasta la entrada del hospital; apenas se despidió, sacó su celular y mandó un mensaje a Octavio.
[Ya puede salir. Guillermo tendrá que quedarse internado al menos un mes. Su familia está haciendo un escándalo, así que mantente atento.]
La respuesta de Octavio llegó en segundos:
[Ese es un rollo entre ellos y el bar, no tiene nada que ver conmigo. Recuerda que no debe enterarse de nada.]
Cristina caminaba hacia la salida principal mientras sacaba su celular para pedir un carro.
De repente, chocó de lleno contra alguien que venía de frente.
El teléfono se le fue de las manos y cayó al suelo. Cristina se agachaba para recogerlo, pero la otra persona lo pisó antes.
Frunció el ceño y levantó la vista. Se topó con una cara que no veía desde hacía tiempo: Óscar López.
No era el mismo de antes. Cuando trabajaba de doctor, siempre iba bien arreglado. Ahora, en cambio, tenía la barba descuidada y la ropa toda arrugada. Se le notaba la derrota en cada gesto.
Cristina estuvo a punto de preguntarle qué le había pasado, pero Óscar la sujetó del brazo con fuerza, la jaló hacia él y, sin aviso, le puso un cuchillo en la cintura.
—Si quieres seguir viva, ni se te ocurra gritar. Camina.
Cristina lo miró, sin perder la calma.
—Bueno, al menos déjame recoger mi celular, ¿no?
El estómago de Cristina comenzó a dolerle, sus nudillos se pusieron blancos de la tensión, pero en su cara no se reflejaba nada. Al contrario, seguía con esa expresión tranquila y la voz suave.
—¿Aquí vives? El lugar está muy descuidado. ¿Por qué elegiste una habitación así? Cuando entré, vi un local que se llama ‘Una Sola Cara’, creo que es de desayunos. Se ve pésimo, ¿de verdad comes ahí?
—¡Ya cállate! —gritó Óscar, la voz temblándole de rabia—. ¿No es tu culpa que esté así? Me quitaste el trabajo en el hospital, luego lograste que me despidieran de la clínica, hasta metiste pacientes falsos para inventar accidentes y sacarme dinero. Perdí todo por tu culpa, ¡maldita!
Mientras hablaba, su furia iba en aumento.
Cristina se apresuró a decir:
—¿Por qué haría algo así? Debe haber un error, Óscar, te lo juro.
Pero sus palabras solo sirvieron para enfurecerlo más.
Óscar se acercó de un salto y la agarró de la camisa.
—Ni siquiera tienes que mover un dedo para que los hombres se desvivan por ti. Hoy quiero ver qué tienes de especial, a ver por qué todos te defienden tanto.
Al tiempo que decía esto, intentó arrancarle la ropa a Cristina.
—De todos modos, vas a morir. Mejor que te lleves una vergüenza más antes de eso.

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