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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 362

Cristina no podía creer lo que veía. Resultaba increíble que una simple flor fuera más valiosa que una persona.

De repente, su mirada se detuvo en una hoja en la parte más baja de la planta.

Como la hoja arrastraba por el suelo, era fácil pisarla sin querer al caminar. Y justo la parte rota parecía encajar perfectamente con el pedazo que Octavio tenía en la mano.

Así que él no le había mentido.

El responsable había tenido contacto con alguien de la familia Jurado.

Cristina posó la mirada, ni demasiado dura ni demasiado suave, sobre la señora Jurado.

—Dicen que cuando el señor Jurado era joven, siempre estaba rodeado de mujeres, pero todas acabaron bajo el control de la señora Jurado. Y las que no obedecieron, ya no viven para contarlo. Me gustaría que la señora Jurado me enseñara algunos trucos, para tener a mi hombre bien amarrado en el futuro.

Begoña soltó una risa desdeñosa.

—Una mujer divorciada como tú debería agradecer si algún hombre te voltea a ver, y todavía tienes el descaro de venir a aprender trucos para controlar a Francisco. Te lo advierto, yo tengo bien claro todo. Ni pienses que, porque él anda confundido, vas a meterte en su cama. Aunque vengas a rogarme de rodillas, nunca voy a aceptar que ustedes estén juntos.

Cristina analizó la reacción de Begoña, y con una sonrisa sarcástica, replicó:

—Pues más te vale no cambiar de opinión, y que te ocupes bien de tu hijo.

Begoña ya estaba que echaba humo por dentro.

—Entonces, ¿a qué viniste a mi casa? ¿Qué rayos quieres?

Cristina curvó apenas los labios, lista por fin para ir al grano.

—Para colaborar en el tratamiento de Francisco, acepté venir a quedarme aquí un tiempo.

Begoña resopló.

—¿Qué, ya no te funcionó eso de hacerte la difícil?

Pero lo más humillante era que, al dejar la casa, tenía que casarse con otro hombre en no más de una semana y presentar el acta de matrimonio, todo para que “dejara de soñar despierta” y la familia Jurado pudiera vivir en paz.

Cristina no pudo evitar reírse al leer el contrato.

—¿Cuántas veces ha usado este truco, señora Jurado?

Begoña apretó la voz, cada vez más venenosa.

—Tú, que vienes de la calle, ni padres conocidos tienes, y quién sabe con qué triquiñuelas embaucaste a mi hijo. Deberías sentirte agradecida de que te deje firmar este papel. Si quieres quedarte en la familia Jurado, más te vale firmar ya.

Begoña, satisfecha, desvió la vista.

Antes, Cristina se hacía la digna y le rechazaba todo, pero ahora que Francisco ni la buscaba, regresaba desesperada a rogarle.

¡Bah! Tenía que aplastar ese poco orgullo que le quedaba, si no, nunca podría dominarla dentro de la familia Jurado...

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