La escena parecía sacada de un burdel barato, como si una madama estuviera negociando con sus clientes.
Alfredo miraba a Cristina con una expresión tan lasciva que casi se le caía la baba. No paraba de asentir mientras decía:
—Sí, sí, claro, perfecto.
—¿Señora Jurado, qué significa esto? —preguntó Cristina, levantando una ceja.
Begoña esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—¿No ves que te estoy presentando un candidato para casarte?
Señaló al hombre a su lado.
—Alfredo es un joven exitoso, con una carrera envidiable. Además, acaba de enviudar… y necesita a una mujer que le caliente la cama. Tú siempre andas buscando trepar más alto, alguien con dinero, ¿no? Pues mira, son el uno para el otro.
Los ojos de Cristina no mostraron ni una pizca de emoción. Incluso, por cortesía, fingió una sonrisa.
—Señora Jurado, usted es muy hábil para manejar las cosas delante de los demás y a sus espaldas. Dígame, ¿qué significa la familia para usted? ¿Un negocio? ¿Un escalón para ganar estatus? Porque lo que es cariño, ni de lejos.
La cara de Begoña se transformó, perdiendo cualquier rastro de simpatía.
—Éste es mi requisito si quieres vivir con la familia Jurado. Si no aceptas, aquí se termina todo.
Cristina captó enseguida el mensaje: si no aceptaba casarse con ese tal Alfredo, Begoña no permitiría que estuviera con Francisco ni que formara parte de la familia Jurado.
—Bueno… entonces permítame platicar a solas con Alfredo —dijo Cristina.
Al ver que aceptaba, Begoña no tuvo ningún reparo en acceder.
De inmediato, su mirada se posó en Alfredo, dándole una señal descarada.
—Aquí tienen privacidad, nadie va a entrar sin mi permiso. Aprovechen para conocerse… bien.
Alfredo entendió la indirecta. Apenas se cerró la puerta, se lanzó de inmediato hacia Cristina, intentando tomarla del brazo.
Pero Cristina se apartó ágilmente.
Alfredo dejó escapar una sonrisa torcida.
—No te resistas, preciosa, no vale la pena. Lo que la señora Jurado decide, no lo puedes cambiar. Mejor coopera y no te busques problemas.
Mientras decía esto, intentó abalanzarse sobre Cristina.
Ella, sin perder la calma, volvió a evadirlo con destreza.
Cristina siguió, con voz persuasiva:
—Cuando entramos, vi cómo te miraba. Créeme, te desea, y mucho. Pero con su edad y su posición, necesita un pretexto, alguien que la cubra… por eso me trajo aquí.
Alfredo dudaba. Por primera vez, la idea parecía hacerle sentido.
—Si yo fuera tú, Alfredo, pensaría cómo complacerla. Si consigues que ella le susurre algo bonito al oído al señor Jurado, tus negocios se van a disparar.
—Tú… —Alfredo tragó saliva—. Yo no me meto en cosas raras.
—Lo sé, por eso ella te eligió a ti —dijo Cristina, sonriéndole.
La mirada lujuriosa de Alfredo se suavizó de golpe, volviéndose más seria.
Cristina remató:
—Si no me crees, cuando ella entre, le dejo el cuarto a ustedes dos. Toma la iniciativa y verás si lo que digo es cierto.
Alfredo la miró con desconfianza, pero parecía dispuesto a probar suerte.
—Está bien. Si dices la verdad, te va a ir bien conmigo. Pero si todo esto es una mentira, la señora Jurado te va a poner en mi cama y te advierto, mi juego favorito es dejar caer cera de vela en las heridas.

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