Apenas cerró la puerta, el celular de Cristina vibró.
La pantalla se encendió mostrando un mensaje de Tobías. Solo había una pregunta breve: [¿Soy un hombre de mente cerrada?]
Cristina no contestó. Al imaginarse la cara seria que debía estar poniendo él en el departamento de al lado, no pudo evitar taparse la cara y reírse en voz baja.
...
En la mansión Jurado, Begoña regresó todavía furiosa y mandó llamar a su mano derecha, Fabio.
—¿Ya investigaste a Ernesto? ¿Qué averiguaste?
Fabio bajó la mirada.
—Tengo algunas pistas, pero aún no es claro del todo.
Begoña golpeó la mesa, perdiendo la paciencia.
—¡Ni una cosa tan simple puedes resolver! ¡Todos estos años de haberte apoyado han sido en vano!
Fabio se defendió con un dejo de molestia.
—Si vamos a movernos, debemos asegurarnos de que desaparezca por completo. Mejor investigar bien antes de actuar, ¿no cree?
Begoña soltó un bufido.
—Ese muchacho ya va a terminar en la cárcel. Mientras su madre siga viva, seguro va a venir a suplicarle a mi esposo. Así que, cuando eso pase, tú debes adelantarte y actuar antes que ellos. Pero ahora quiero que te encargues de otra cosa.
Fabio se puso atento, esperando instrucciones.
—No quiero volver a ver a Cristina cerca de Francisco. Haz lo que sea necesario para que ‘desaparezca’ un tiempo. Que todo quede limpio, ¿entendiste?
Fabio se mostró incómodo.
—¿Pero no que el joven Francisco la necesita en este momento?
Begoña bajó aún más la voz, su tono cargado de veneno.
—Lo que yo quiero es que parezca que se fue sin avisar. Durante ese tiempo, aprovecharé para arreglarle el matrimonio a Francisco. Cuando Cristina regrese, el lugar de esposa de la familia Jurado ya será de otra, y a ella no le quedará más que irse.
Fabio por fin comprendió el plan.
—Ya entendí, señora. Me encargo de eso ahora mismo.
...
A la mañana siguiente, Cristina fue llevada casi a rastras al departamento de al lado.
Tobías estaba en la cocina, preparándole el desayuno él mismo.
Las pestañas de Cristina temblaron.
Estuvo a punto de decirle la verdad, pero terminó guardando silencio.
Aún no podía hablar claramente de todo, no sin estar segura de lo que hacía.
—Cuando regrese te cuento bien. No te enojes, ¿sí? Recuerda que debes desayunar aunque yo no esté. Ya me voy.
Tobías la miró marcharse, los ojos oscureciéndose poco a poco.
...
Francisco la estaba esperando como la vez anterior, recargado con aire despreocupado en su carro.
Si no fuera porque Joaquín estaba en el asiento del conductor, Cristina habría pensado que Francisco ya había recuperado la memoria y había vuelto a ser el siempre calculador y enigmático heredero de los Jurado.
—¿El doctor ya te dejó salir del hospital? —preguntó Cristina.
La venda en su frente ya no estaba, pero sus ojos seguían escondiendo secretos, tan intensos que desanimaban a cualquiera a acercarse sin cuidado.
Francisco le sonrió con naturalidad. Su mirada se deslizó sobre los hombros tensos de Cristina, y en su voz se coló una nota de curiosidad apenas disimulada:
—Tan temprano, ¿con quién estabas?

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