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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 38

Cristina interrumpió a Ivana sin inmutarse, su cara tan seria como una piedra.

—¿No que con la indemnización por la demolición les dieron cinco mil pesos? Úsenlos mientras tanto.

Ivana se quedó parada, pasmada por lo que acababa de escuchar.

—¿Qué… ya no vas a ayudarnos más?

Cristina abrió su bolso, sacó una pulsera de jade y se la puso enfrente.

Ivana le echó un vistazo, pero ni siquiera la tocó.

—Eso está demasiado anticuado, no me lo voy a poner.

—No es para ti. Llévala y véndela. Compra una casa decente para que el abuelo pueda vivir bien.

Cristina lo pensó un poco y añadió:

—No tiene que ser enorme, pero sí que sea adecuada para adultos mayores.

Ivana tomó la pulsera, dándole vueltas entre sus dedos. El material parecía bueno, con eso alcanzaba para una casa en algún conjunto residencial de clase media, aunque si querían algo más lujoso… tendrían que sacar un préstamo.

—¿Y con eso alcanzará? Todo el dinero del día a día se va en el hospital. Y si el abuelo regresa a casa, ¿cómo le vamos a hacer para mantenernos?

En el fondo, Ivana seguía buscando la manera de sacarle algo más a Cristina.

Pero Cristina estaba perfectamente enterada del valor de ese jade.

—Al comprar la casa va a sobrarte algo de dinero. Si el abuelo se enferma, tendrás que administrarte bien. No tienes ni crédito de casa ni de carro, tampoco mantienes hijos. Para una familia común, con unos cuantos miles al mes sobra. Te voy a dar cincuenta mil pesos para gastos, y con eso tienes de sobra.

Ivana se quedó muda.

¿Cincuenta mil? Eso se le iba en una sola visita al salón de belleza. ¿Cómo podía decir que eso era suficiente?

—Si no te alcanza, trabaja y consigue lo que falte.

Cristina ni siquiera volteó a verla, y salió caminando con paso firme.

...

Dos horas después, la figura de Cristina apareció en el Parque Tecnológico Innovación. Caminó preguntando a los guardias de seguridad hasta que, por fin, encontró la entrada con el letrero: “Dinámica Suprema”.

El vestíbulo de oficinas parecía un campo de batalla: papeles tirados por todas partes, los pocos que quedaban trabajando tenían el ceño marcado y las caras llenas de preocupación.

Ángela se puso de pie de un salto, como si de repente le hubiera entrado todo el ánimo del mundo.

Cristina le sonrió, calmada.

—Solo vengo a corresponderte: vine a compartir contigo tu momento más bajo, así como tú hiciste conmigo.

Ángela apretó la mandíbula, tratando de mantener la compostura y forzando una sonrisa sarcástica.

—¿No te preocupa que la amante de tu esposo haya regresado? ¿No deberías estar cuidando tu estatus y tu casa en vez de venir a fisgonear mi empresa?

Cristina cruzó los brazos y la sonrisa se le ensanchó.

—Cuatro años llevas pendiente de mí, mandándome fotos para recordarme que mi marido tiene su “gran amor” por ahí. Siempre tirando indirectas en el grupo de exalumnos, diciéndome que las mujeres no debemos perder el rumbo. Me has cuidado tanto, Ángela, que lo mínimo es devolver el favor ahora que Dinámica Suprema está en la cuerda floja.

La cara de Ángela iba y venía entre la palidez y el enojo.

Al final, soltó el disfraz y se dejó caer sobre la silla, sin rodeos.

—Sí, estoy en quiebra. Así es como luce mi derrota. Anda, toma la foto y súbela a redes para desquitarte.

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