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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 387

—¿Te asusté? —preguntó Francisco.

—Ya casi son las nueve, ¿no fuiste a la oficina?

Cristina se esforzó por tranquilizar su respiración, tratando de no dejar ver el sobresalto.

Francisco soltó una media sonrisa.

—Mi papá dice que hasta que no me recupere por completo, no regrese al trabajo.

Con eso, dejaba claro que debía esperar hasta que su memoria estuviera de nuevo en orden.

—¿Y no te urge estar bien? —insistió Cristina, siguiéndole la corriente.

Francisco se apoyó con calma en el marco de la puerta.

—Con Ernesto partíéndose el lomo por todos nosotros, puedo darme el lujo de descansar un rato.

El rostro de Cristina permanecía sereno, pero por dentro no pudo evitar sentir un leve malestar.

Aunque Gustavo había aceptado de vuelta a Ernesto, estaba claro que le tenía mucho más aprecio al hijo legítimo que tenía enfrente.

La cena familiar de anoche era prueba suficiente: Ernesto ni siquiera fue invitado, mucho menos podía acercarse a los asuntos importantes de los Jurado.

Y Francisco seguramente sabía al dedillo todos los secretos y trapos sucios de los Jurado… siempre y cuando esa parte de su memoria no estuviera alterada.

...

—¿Cristi? —Francisco la sacó de sus pensamientos—. ¿Ya te sientes mejor de la gripa?

Cristina se disponía a responder cuando el mayordomo llegó corriendo, con el gesto preocupado.

—Señorito, Saúl está aquí abajo, pero Tobías no se ha levantado. No contestó el teléfono, ni respondió a los golpes en la puerta. Ya no sé qué hacer.

Francisco frunció el entrecejo al instante.

—¿Mi tío no se quedó en el hospital con Salomé? Pensé que la había acompañado.

El corazón de Cristina dio un brinco, sin razón aparente.

—Saúl dijo que volvió a la casa en la madrugada —explicó el mayordomo.

En ese momento, Cristina pudo respirar tranquila de nuevo.

Francisco asintió, pero su expresión se volvió aún más seria.

—¿Y eso? Mi tío es el más disciplinado que hay. Por muy tarde que se acueste, jamás se levanta tarde.

Y sin perder tiempo, se encaminó a grandes zancadas hacia el cuarto de Tobías.

El mayordomo fue tras él, apurado.

—Dicen que anda circulando un virus de gripa bien fuerte. Si te agarra, puedes quedar inconsciente o, peor, terminar con problemas para respirar. Usted sabe cómo es el cuarto de Tobías: sin su permiso, nadie entra. El último que se atrevió a forzar la entrada terminó con discapacidad de por vida...

Cristina miró al fondo del pasillo, donde la gran puerta de madera roja permanecía cerrada.

Recordó cómo anoche ese alguien hacía la tarea una y otra vez, como si no se cansara nunca.

Un pensamiento absurdo, pero a la vez lógico cruzó por su mente.

Nunca en sus más de treinta años lo habían sacado de la casa así, envuelto como tamal directo al área de urgencias.

Tras una revisión completa, lo trasladaron a la habitación VIP.

El médico, con tacto, informó:

—Creemos que fue un caso de sobreesfuerzo: el paciente presenta un cuadro de hiperactividad simpática grave, acompañado de acumulación de ácido láctico y… una gripa leve.

Francisco escuchaba sin entender nada.

—Pero entonces, ¿qué tiene?

El doctor guardó silencio un momento y luego, con voz calmada, explicó:

—En pocas palabras, necesita… descansar y evitar excesos.

¿Entonces anoche mi tío se sacrificó para ser el “antídoto” de Salomé?

Los ojos de Francisco se abrieron de sorpresa, imaginando toda una película de acción.

—¿Tengo nueva tía entonces? —soltó sin pensar.

Desde la cama, el hombre agotado apenas pudo abrir los ojos.

—¡Lárgate de aquí!

—¿Algún familiar que firme la hoja de ingreso? —pidió el médico.

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