Marco estaba empapado en sudor: ¿Por qué la señora tenía que mencionarlo de la nada?
—Marco, sal —ordenó Octavio.-
—Sí, señor.
El asistente salió casi de puntitas, desapareciendo con rapidez.
Cristina no podía mencionar directamente el nombre de “Marisol” para interrogar a Octavio.
Frente a un hombre como él, cada movimiento debía ser calculado: el ritmo, la distancia y la estrategia. Si fallaba en alguno, él se volvería todavía más escurridizo y ella terminaría perdiendo terreno.
Lo observó de perfil, sin que ninguno dijera palabra. El silencio se extendió, tenso.
Al cabo de un rato, Octavio suavizó el tono.
—No quiero pelear contigo. Si hay algo que te molesta, dilo de frente, pero espero que lo hagas con la cabeza fría, no con arranques de niña caprichosa.
Cristina soltó una carcajada irónica.
Ahora que la tachaba de caprichosa, él podía usar su autoridad para presionarla como si fuera lo más natural.
—Revisé tus movimientos bancarios. Durante estos cuatro años, tus gastos en Olborg han sido bastante altos.
La calidez en la mirada de Octavio desapareció de golpe, endureciéndose.
—¿Quién te dio permiso de meter la nariz en mis cosas?
Cristina respiró hondo y, armándose de valor, le sostuvo la mirada con una sonrisa desafiante.
—Si no hubiera revisado, ¿cómo sabría que el señor Lozano, cada vez que sale de viaje, sin importar si va a Europa o a Norteamérica, al final siempre se da una vuelta por Olborg?
Ya había puesto el tema sobre la mesa. Si él no había hecho nada indebido, si entre él y Marisol solo existía una relación de hermanastro y hermanastra, ¿qué le costaba explicar las cosas?
Sin embargo, Octavio le sujetó el mentón con una mano firme.
El corazón de Cristina dio un brinco. ¿De verdad iba a atreverse a lastimarla?
La expresión de Octavio se volvió aún más dura, pero en vez de hacerle daño, deslizó los dedos sobre sus labios pálidos y luego soltó una risa baja.
—Dime, mi amor, ¿quién vino a meterte ideas en la cabeza?
Las pestañas de Cristina temblaron. No mencionó la foto ni una sola palabra, cuidando así a quien se la había enviado.
—¿Te da miedo aceptar que tienes algo que ocultar?
El gesto de Octavio se volvió serio y la soltó.
No era precisamente un hombre paciente, pero casi nunca mostraba su lado más duro frente a Cristina.
—Papá siempre dice que ella es tranquila, pero hoy salió brava. O sea que toda esa “buena educación” que usted tanto le aplaude, ¿era para que le sirviera de práctica a mi esposa?
Cristina se quedó perpleja.
Hacía un momento discutían y parecía que él seguía molesto, pero ahora la estaba defendiendo frente a su propio padre.
No lograba entenderlo. Si no la amaba, ¿por qué interceder por ella?
El rostro de Sebastián perdió color.
—Tú sabes que ella no estudió mucho y es bastante simple. Solo quería ayudarle a una amiga y pensó que, al pasar a Cristi a una habitación normal, era porque ya estaba bien, por eso se precipitó. Ya la regañé muy fuerte, te lo juro.
Octavio no reaccionó a sus palabras, manteniendo una expresión impenetrable.
Sebastián se acercó un poco más.
—Ambas cometieron errores, pero ¿cómo puede Cristi atreverse a levantarle la mano a una persona mayor? Y encima pegarle tan fuerte.
Los ojos de Octavio brillaron con una chispa peligrosa.
—O sea que, según usted, la solución es…
—Quiero que tu esposa le pida disculpas a su suegra y reconozca que se equivocó —dijo Sebastián con voz seca.

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