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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 42

—Marisol…

El grito de Julieta retumbó en la sala, y el susto le dejó la cara tan pálida como un papel.

Pero Cristina no pensaba pedir disculpas.

—Señora Lozano, a mi abuela no le caes mal por tu fama de irte con cualquiera, sino porque tus ideas están podridas, igual que el aceite quemado: sucias, venenosas y siempre salpicando a todos.

—¿A quién llamas así? ¡Respeta!

En ese instante, Sebastían llegó apurado. Sin pensarlo, tomó a Cristina del hombro y la hizo girar para encararla. Alzó la mano, listo para soltarle una cachetada, pero Octavio se adelantó y le agarró la muñeca justo a tiempo.

Con voz grave, el hombre soltó:

—Papá, ella es mi esposa.

La mano de Sebastían tembló en el aire. Al final, no pudo golpearla.

Se zafó del agarre de su hijo y, ya con la voz quebrada, preguntó:

—¿Después de insultar a mi esposa, todavía vas a seguir consintiéndola?

En ese momento, la abuela bajó las escaleras. Al ver el desastre en la sala, arrugó la frente, molesta.

Julieta, al notar la presencia de la anciana, se puso a llorar más fuerte.

—Marisol, ¿te encuentras bien? ¡Ese plato era enorme! Si me hubiera tocado a mí, seguro me habría roto hasta los huesos. Cristina lo aventó con toda la intención.

Sebastían fulminó a Cristina con la mirada, deseando hacerle pagar por completo.

Octavio se apresuró, apartando a Cristina, y caminó directo hacia Marisol. Se agachó y le quitó cuidadosamente las migas de galleta de la espalda.

—¿Estás bien?

Cristina, ahora lejos de Sebastían, casi perdió el equilibrio, pero logró mantenerse de pie. Era la primera vez que veía a Octavio hablarle a otra mujer con tanta ternura. No sintió dolor, sólo una sensación de vacío que le calaba hasta los huesos.

Marisol tenía el semblante un poco pálido, pero negó con la cabeza.

—No te preocupes, no pasa nada. Mi cuñada… sólo se le fue la mano.

Intentar excusarla sólo servía para ganarse aún más el desprecio de los demás. Cristina bajó la mirada, pensando cómo responder al golpe invisible que acababa de recibir.

—¿Quieres ir al hospital?

Octavio ayudó a Marisol a levantarse.

Ella se apoyó en él, se puso de pie y esbozó una sonrisa para tranquilizarlo.

—No te preocupes, hermano, no soy tonta. Si me sintiera mal, ya lo habría dicho.

...

La comida familiar se fue al traste.

Julieta terminó en el hospital, y Octavio llevó a Cristina de regreso a Residencial Bahía Platina.

Durante el camino, ella permaneció en silencio, sin mencionar ni una sola vez por qué el paquete de galletas que él le compró terminó en manos de Marisol. Volvió a ser la Cristina de siempre, la que aparentaba no molestarle nada, pero a Octavio eso no le sentó bien.

Ambos llegaron callados hasta la sala.

De pronto, Octavio se detuvo; Cristina, distraída, chocó con su espalda y estuvo a punto de caer.

—¿Te lastimaste?

Él intentó tocarle la frente, pero ella se apartó de inmediato.

La mano de Octavio quedó suspendida en el aire.

Con una sonrisa forzada, Cristina murmuró:

—Perdón, no estaba viendo por dónde caminaba.

El rostro de Octavio se llenó de emociones contradictorias.

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