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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 434

Begoña miró a Gustavo, que acababa de entrar, insinuando que era él quien debía encontrar una solución.

Pero Gustavo se dirigió a Francisco. —¿Escuché que conseguiste un poco?

El rostro de Francisco cambió ligeramente. —Se la di a Cristi.

Begoña se puso roja de ira. —¿Le diste algo tan valioso a ella? ¿Qué diferencia hay entre eso y dárselo a un perro?

Tobías, recargado en el marco de la puerta, respondió sin siquiera levantar los párpados.

—La diferencia es que un remedio usado en la persona correcta nutre, pero usado en la persona equivocada solo aumenta el mal genio, le pudre la boca y le deshace la cara.

La cicatriz en la cara de Begoña, que aún no sanaba del todo por el sarpullido que le había provocado el ginseng, le ardió de repente.

Su rostro pasó del rojo al morado y, de inmediato, volvió a dirigir su ataque hacia Cristina.

—Los remedios de antes hablan de «usar la sangre como conductora de la medicina». Ya que fue ella quien se tomó las lágrimas de sol, su sangre debe contener la esencia de la planta. ¡Podríamos usar su sangre para tratar a Betina!

Ernesto, impactado por su comentario, no pudo evitar decir: —Eso no tiene ninguna base científica.

—Cállate, bastardo. ¿Quién te dio derecho a meterte en mi conversación? —le espetó Begoña.

Francisco guardó silencio un momento y, para sorpresa de todos, se acercó a Cristina. Su tono era grave, pero cargado de una incuestionable «rectitud moral».

—La situación es excepcional. Están en juego una vida y la armonía entre dos familias. Espero que pienses en el bien común y dones un poco de sangre, porque… esto no solo es para salvar a Betina, sino también una forma de demostrar tu inocencia y mantener la estabilidad de la familia.

Cristina lo miró como si estuviera viendo a un segundo Octavio Lozano.

Enarcó una ceja. —¿O sea que, si no le doy mi sangre, no puedo probar mi inocencia y me vas a declarar culpable?

—Cristi…

Cristina levantó una mano, indicándole que se ahorrara los sermones.

—¿Cuándo me diste esas lágrimas de sol? —le preguntó.

Francisco frunció el ceño. —Hice que el chef preparara una sopa especial para el corazón y le pedí a una empleada que te la llevara a tu cuarto. Te la tomaste toda.

Al escuchar eso, el rostro de Begoña se puso pálido de repente.

Cristina soltó una risita burlona. —Parece que no lo sabes, pero tu madre me quitó esa sopa y se la bebió ella. Ahora, ve y convéncela de que done un poco de su sangre.

Se despertó al atardecer.

Cuando Gustavo llegó al hospital a toda prisa, Tobías ya estaba allí.

Sin embargo, estaba recargado en el alféizar de la ventana, observando con frialdad cómo Begoña colmaba de atenciones a Betina, sin hacer ni un solo movimiento.

El rostro de Begoña mostraba una alegría difícil de ocultar. Estaba convencida de que Betina señalaría a Cristina como la culpable.

Además, ya había sobornado a un empleado de la casa y preparado una prueba falsa.

Cuando llegara el momento, con un testigo y pruebas en su contra, Cristina no tendría forma de defenderse.

Gustavo se acercó a la cama y preguntó con amabilidad: —Betina, ¿sabes quién puso la serpiente?

Al oírlo, Betina, pálida y sin una gota de color en el rostro, giró la cabeza hacia Cristina. Su intención no podía ser más obvia.

Cristina le sostuvo la mirada y esbozó una leve sonrisa.

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