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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 444

Tras decir esto, se marchó indignado.

Román dirigió inmediatamente su furia hacia Cristina. —¿Te estás riendo de la situación?

Cristina, sin apuro, dejó los cubiertos, tomó una servilleta, se limpió la boca y solo entonces levantó la vista para mirarlo. Su mirada era fría como el hielo.

—Señor Muñoz, se sobreestima. Para mí, usted ni siquiera llega a ser un chiste.

Román, que ya había sido humillado por Gustavo, ahora se encontraba con la hostilidad de Cristina, y su temperamento estalló.

—Tú…

—Tío —intervino Francisco, levantándose de inmediato—, lo que Cristi quiere decir es que tú no eres ningún chiste. La actitud de papá es inflexible, me temo que tendremos que molestarte con el asunto de mamá.

El recordatorio de Francisco hizo que Román recordara el verdadero propósito de su visita a la mansión Jurado, y se calmó.

Cristina no tenía intención de quedarse más tiempo. Terminó de comer, se levantó y se fue del comedor para ir a trabajar.

Aunque Román no dijo nada más, una sombra siniestra se extendió por su mirada.

Aparentemente, había venido por Begoña, pero su verdadero objetivo era Cristina.

***

Cristina estuvo ocupada en la oficina hasta la tarde, cuando pudo salir antes para ir a arreglarse el pelo.

Al salir de la peluquería, el crepúsculo ya teñía el cielo.

De paso, compró un trozo de tarta de arándanos en la pastelería de al lado y se sentó en el asiento del conductor.

Dejó la tarta en el asiento del copiloto y, justo cuando se inclinaba para abrocharse el cinturón de seguridad, se escuchó un fuerte *¡pum!*.

Una fuerza descomunal la impulsó hacia adelante por la inercia, y su frente se golpeó con fuerza contra el volante. Inmediatamente después, rebotó hacia atrás, y su nuca chocó contra el respaldo del asiento.

Cristina se sintió mareada. De repente, escuchó el grito casi agónico de una mujer y, ante sus ojos, volvió a aparecer una mancha de un rojo cegador.

—¿Estás bien? ¿Me oyes?

Lidia corrió hacia ella y abrió la puerta del carro para ver cómo estaba.

—Ve a ver quién es.

Cristina se bajó del carro, y Lidia la sostuvo.

Todavía caminaba con un poco de inestabilidad.

Se acercaron al sedán negro y el seguro central se abrió con un *clic*.

Lidia abrió la puerta sin miramientos y, en el interior, ¡se encontraba Camila, pálida como un fantasma!

—¡Sabía que eras tú!

Lidia, furiosa, intentó sacarla del carro, pero Cristina la detuvo.

Camila, debilitada, giró la cabeza y miró a Cristina con una expresión de dolor. Su voz temblaba. —Estoy embarazada… me duele mucho la barriga… ayúdame…

Cristina frunció el ceño al instante.

***

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