Cristina resopló y guardó la caja de incienso.
—Oler mucho de esto te acorta la vida. ¿No lo sabías?
Camila se quedó sin palabras.
Esa noche, cada una durmió por su lado, sin dirigirse la palabra.
Al amanecer del día siguiente, un grito desgarró la quietud del monasterio.
Begoña había ido a despertar a su hermano para desayunar, pero por más que tocaba la puerta, Román no respondía.
Hizo que abrieran la puerta y lo encontró inconsciente en su habitación, apenas respirando.
Los gritos atrajeron a todos, incluidas Cristina y Camila, que se dirigían al comedor.
Gustavo mantuvo la calma y le ordenó a su asistente que preparara un carro para llevar a Román al hospital.
El personal del monasterio, por su parte, llamó a la policía.
En medio del caos, Camila vio la caja de incienso de plata en el cuarto de Román y su corazón dio un vuelco.
Todas las mezclas de incienso relajante que preparaba las guardaba en cajas idénticas. En ese momento, era imposible saber si esa era la suya o una que Román había conseguido en otro lugar.
Apretó los puños instintivamente, con las palmas empapadas en sudor frío.
—¡Camila, acompáñalo en el carro! —le ordenó Gustavo con voz grave.
Sin tiempo para pensar, Camila asintió y corrió hacia el estacionamiento.
Cuando la multitud se dispersó, antes de que el personal del monasterio acordonara la escena, Cristina entró sigilosamente en la habitación, aún impregnada del aroma del incienso tóxico.
En un compartimento secreto de la maleta de Román, encontró una bolsa sellada con varios de sus cabellos dentro.
La guardó rápidamente. Sin embargo, al salir de la habitación, se topó con Fray Karim, que estaba de pie en el pasillo.
No sabía desde cuándo estaba ahí; parecía que la estaba esperando.
Cristina apretó los labios.
—Solo vine a recuperar lo que es mío —explicó.
Fray Karim juntó las palmas.
—Señorita, todo en esta vida tiene un principio y un fin, un orden natural. Aferrarse demasiado a las cosas solo termina por consumirlo a uno.
Continuó su camino, su silueta recortada contra la luz del alba, resuelta y distante.
***
Al regresar a la ciudad, Cristina fue directamente a Dinámica Suprema y se sumergió en el trabajo.
Tobías también había estado muy ocupado últimamente. No verse se había convertido en un acuerdo tácito entre ellos, y su único contacto era la videollamada nocturna que nunca fallaba.
Así pasaron dos o tres días. Una mañana, Lidia entró en su oficina.
—Cristina, buenas noticias. Francisco despertó esta mañana y recuperó la memoria.
Cristina levantó la vista, esperando que continuara.
—La situación de Román no es buena —prosiguió Lidia—. La intoxicación fue tan grave que le provocó asfixia y un edema cerebral. Los médicos dicen que es muy probable que quede en estado vegetativo. Además, la policía que fue a la Iglesia de San Pedro se llevó a Camila esta mañana.
Cristina se limpió los dedos con indiferencia, como si se sacudiera una mota de polvo insignificante.
—Entonces, la mala noticia es… —el tono de Lidia se ensombreció ligeramente— que el señor Jurado mandó a alguien a pagar la fianza de Camila.
***

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