A Tobías se le formó un nudo en la garganta. Las palabras le llegaban a la punta de la lengua, pero al encontrarse con sus ojos, claros y burlones, retrocedieron.
Tenía muy presente lo que le había pasado a Adam Rivas, pero no podía mencionarlo.
Cristina captó su lucha interna y su silencio, y soltó una risa gélida.
—Si no puedes asegurármelo, ¿con qué derecho me criticas por haberme «protegido» hoy? Entre dos males, elegí el menor. ¿Acaso no es una decisión forzada por las circunstancias?
Dicho esto, abrió la puerta del carro y se bajó con decisión.
Elián, que ya había regresado del centro de convenciones, se acercó. Intercambiaron unas palabras y luego subieron al carro de Dinámica Suprema con el resto del equipo.
Saúl volvió al asiento del conductor y miró discretamente por el retrovisor.
El rostro de Tobías era una máscara de piedra. Las venas del dorso de su mano, apoyada en la rodilla, resaltaban, y sus nudillos estaban blancos por la tensión.
En todos los años que llevaba trabajando para él, rara vez lo había visto tan enfadado.
Saúl se armó de valor.
—Jefe —dijo con cautela—, de la base están insistiendo en que vaya para allá.
Tobías se frotó la frente.
—Vámonos —dijo con voz grave.
Tomó su teléfono y le envió un mensaje a Cristina para avisarle que no volvería esa noche. Ella no respondió.
***
La cumbre terminó por la mañana. Por la tarde, los teléfonos de Dinámica Suprema no paraban de sonar.
La pequeña empresa, hasta entonces casi desconocida, vio su página web y su centralita colapsadas por llamadas de inversores y gigantes de la industria de todo el mundo. Su valoración se disparó en el mercado de capital de riesgo como un cohete.
Pero Cristina permanecía impasible. Ni siquiera fue a la fiesta de celebración que organizó Elián.
Fue a la habitación del hospital de Ángela para despedirse.
***
Entró sola en la habitación de Ángela.
El cuarto, completamente blanco, estaba en silencio, a excepción del pitido rítmico del monitor que confirmaba que la persona en la cama seguía viva.
Cristina volvió a colocar la mano de Ángela sobre la manta y se acercó a la ventana. Respiró hondo un par de veces para calmarse.
—Ya lo recuerdo todo —dijo finalmente.
Ernesto se quedó atónito.
—¿Recordaste quiénes son tus padres? ¿Sabes dónde está tu casa?
—Soy una persona a la que abandonaron. Recordarlos o no, no tiene importancia. Pero en cuanto a Tobías…
Cristina se volvió hacia él, con un dolor evidente en la mirada.
—No puedo odiarlo, pero tampoco puedo olvidar la espina que me clavó en el corazón. Ir a Clarosol y estar separados un tiempo es lo mejor que podemos hacer ahora.
Al verla reprimir su tristeza, a Ernesto se le oprimió el pecho. Un impulso sin precedentes rompió las barreras de su razón.
Dio un paso adelante, la sujetó con fuerza por los hombros y la obligó a girarse hacia él.
***

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