—Entonces —dijo Cristina, cambiando el tono—, ¿crees que si vienes a detenerme, yo no me voy a negar?
Sus palabras dejaron a Santiago sin respuesta.
Al verlo mudo, Cristina continuó:
—Piénsalo bien, ¿no será que la verdadera intención de tu jefe es que vengas a protegerme?
Santiago se quedó perplejo. Algo no le cuadraba del todo, pero la lógica parecía tener sentido.
—Después de todo, él sabe perfectamente de lo que soy capaz —añadió Cristina.
En ese momento, Santiago lo comprendió todo.
Tobías, el recién nombrado segundo secretario, ni siquiera se había familiarizado con los procedimientos de su trabajo y ya su propia esposa lo traía bien chamaqueado.
—De acuerdo, ¿qué necesita que haga?
Cristina, que en un principio iba a hacer la llamada ella misma, bajó su celular y sacó de su bolso un certificado de matrimonio.
—Ve y tráeme a los medios de comunicación más famosos de aquí, a los blogueros con más seguidores. La familia Rivas tiene secuestrado a mi esposo, y ahora mismo voy a exigir una explicación.
Tras dar las órdenes, su mirada se posó en la empleada doméstica de la mirada desdeñosa, y sus ojos se volvieron gélidos al instante.
—Ve y diles que si a mi esposo le tocan un solo pelo en la casa Rivas, el «asunto familiar» de hoy se convertirá en el titular nacional de mañana.
El rostro de la empleada palideció al instante. Sin importarle nada más, se dio la vuelta y corrió hacia la puerta para transmitir el mensaje como si huyera para salvar su vida.
Santiago se llevó el celular al pecho, sintiendo una nueva admiración por Cristina.
***
Apenas dos minutos después, la gran puerta de la mansión Rivas se abrió.
El mayordomo salió a toda prisa y, al ver a Cristina, no pudo frenar a tiempo y casi se cae de bruces en el acto.
Llevaba veinte años trabajando para la familia Rivas, y sabía que cualquier miembro de la familia reaccionaría así al ver el rostro de Cristina.
—Seño… —logró estabilizarse—. Disculpe, ¿cómo debo dirigirme a usted?
En medio del viento helado de la noche, solo vestía una camisa blanca, su figura erguida como un roble.
A su lado, un hombre de complexión robusta sostenía un látigo rompe-armaduras.
Isacio, por su parte, estaba de pie en lo alto de la escalinata, con sus ojos astutos y calculadores brillando con una luz vigorosa.
Cristina se recompuso y se acercó.
—¿Quién se atreve a tocar a mi esposo?
La señora Rivas se giró al oír su voz.
En el instante en que sus miradas se encontraron, ella se quedó visiblemente paralizada.
Ese rostro, y especialmente esos ojos, eran idénticos a los de su hija desaparecida hacía catorce años.
Pero al mirar más de cerca, la expresión en su entrecejo era completamente diferente.
—Tú eres la que se casó con Tobías… ¿Quién eres? —logró decir la señora Rivas, tratando de calmarse, con un tono inquisitivo.

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