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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 520

Tobías guardó silencio por un momento, la complejidad en su mirada fue fugaz.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Señora, usted también comprende que hay cosas que no se pueden forzar. Deje ir esa obsesión. Aceptar las cosas como son es la única forma de encontrar la paz.

«¿No lo dice, o de verdad no es ella?».

Las manos de la señora Rivas, apoyadas sobre la mesa, temblaban ligeramente.

Respiró hondo, esforzándose por controlar sus emociones antes de volver a hablar.

—Y la tablilla conmemorativa de mi hija, ¿qué hay de eso? Te pedí que la trataras como si aún estuviera viva. ¿Lo has hecho?

Tobías asintió.

—Sí. Siempre lo he hecho. Señora, cualquier duda que tenga sobre Cristina, puede preguntármela directamente. Dígale a Leonardo que se detenga, no encontrará nada. Y además…

Hizo una pausa deliberada.

—Betina hirió a mi esposa. Por consideración a usted, esta es la última vez.

Tras decir esto, Tobías salió del estudio de la señora Rivas.

***

El Ferrari estaba estacionado justo en la entrada de la mansión Rivas.

Pero esa noche había algo diferente.

Al verlo, Santiago no se bajó para abrirle la puerta.

Tobías arqueó una ceja y abrió él mismo la puerta del asiento trasero.

Una figura familiar estaba acurrucada en el asiento.

En cuanto se abrió la puerta, Cristina estiró la mano rápidamente, lo agarró de la corbata y lo metió al carro.

—Señor Jurado, ¿sorpresa?

Se sentó a horcajadas sobre sus piernas y comenzó a revisarlo para asegurarse de que no estuviera herido.

Santiago, en silencio, levantó el panel divisor y arrancó el carro.

Unos dedos delgados le rozaron el pecho. Tobías le sujetó la mano, con la voz ronca.

—Estoy bien, no toques donde no debes. Este ratito en el camino… no es suficiente.

—Vine a recogerte para que no te hicieran nada, ¿y ni siquiera me dejas tocarte?

Dijo esto mientras intentaba bajarse de sus piernas.

Tobías soltó una risa grave, la sujetó con firmeza y la miró con una intensidad que parecía querer absorberla.

—Quédate así. No te bajes en toda la noche.

Las orejas de Cristina se encendieron…

Pero al escuchar el nombre «Jael», su corazón dio un vuelco.

Tobías colgó, regresó a la cama y se inclinó para besarle la frente.

—Tengo que resolver un asunto urgente. Pórtate bien y desayuna, ¿sí?

—¿Qué asunto es? —preguntó Cristina a propósito.

Tobías sonrió, le revolvió el cabello y se vistió a toda prisa antes de irse.

Cristina se quedó mirando la puerta cerrada, y la pequeña duda sobre «Jael» comenzó a crecer en su interior.

Desde que había vuelto a Clarosol, no había visto a su padre. Como un experto en chips de talla mundial, su paradero siempre había sido un secreto de estado. Ella siempre había asumido que estaría de nuevo en alguna base secreta, trabajando sin descanso…

Se arregló y bajó sola al comedor.

Tomás estaba ocupado con otros asuntos. Celeste estaba de pie a un lado, frotándose las manos nerviosamente contra el delantal, con una expresión de quien quiere decir algo pero no se atreve.

Cristina comió unos bocados y levantó la vista hacia ella.

—¿Necesitas algo?

—Señora, disculpe que la moleste durante su comida. Quería ver si podría pedirle un favor.

El rostro de Celeste mostraba vergüenza, pero sus palabras salieron con sorprendente fluidez.

—Mi hija se gradúa este año y todavía no encuentra trabajo. La situación en casa es difícil, y ella quiere venir a la ciudad a buscar empleo. Como usted sabe, Clarosol es un lugar muy caro, y pagar un hotel es imposible para nosotros… Quería pedirle si podría dejar que se quedara temporalmente en los cuartos de servicio. Solo unos días, en cuanto encuentre trabajo, se mudará de inmediato.

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