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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 528

Santiago fue la primera en reconocer a la persona que encabezaba el grupo e inmediatamente hizo una respetuosa reverencia.

—Señor Anaya.

Alexander asintió con frialdad. Su rostro no mostraba expresión alguna, pero emanaba un aura de autoridad imponente.

—Este edificio llevaba tanto tiempo vacío… Justo planeaba conseguirlo para una empresa prometedora, pero no me esperaba que Tobías se encargara de todos los trámites sin decir ni pío.

Su mirada se posó en Cristina, y sonrió de forma sugerente.

—Qué curioso. ¿Qué clase de empresa será para que nuestro Tobías, que nunca se mete en asuntos operativos, haga semejante excepción?

Por cortesía, Santiago hizo la presentación:

—Es una empresa de tecnología llamada Dinámica Suprema. Y ella es su vicepresidenta de tecnología, la señora Cristina.

Luego, Santiago le dijo a Cristina:

—Él es el señor Anaya… —Dado que la identidad del hombre era dual, al igual que la de Tobías, cambió de tema—. Es colega del señor Jurado.

Con eso, Cristina entendió.

—Dinámica Suprema… —Alexander fingió recordar y luego pareció darse cuenta—. ¿Es la compañía que hace poco lanzó la tecnología de almacenamiento de energía «AbreLatam»? ¡Impresionante!

Le extendió la mano a Cristina.

En el momento en que sus miradas se encontraron, un dolor punzante atravesó la cabeza de Cristina.

Fragmentos de memoria la asaltaron desde todas direcciones.

Hace catorce años, mientras otros vehículos la acorralaban por los lados, el carro en el que viajaba fue embestido violentamente por detrás por primera vez. La inercia la lanzó con fuerza contra el asiento delantero.

Aterrada, se giró y, a través del parabrisas trasero destrozado, sus ojos se encontraron con el rostro del conductor del carro de atrás.

Estaban tan cerca que la mirada gélida de aquel conductor, como venida del infierno, se quedó grabada a fuego en su memoria.

Y en ese instante, ese rostro se superpuso perfectamente con la cara de Alexander que tenía enfrente.

El segundo impacto, que vino justo después, fue aún más brutal.

La tremenda fuerza lanzó el carro por los aires, haciéndolo dar media vuelta antes de estrellarse contra la barrera de contención. Luego, rodó sin control por la empinada pendiente hasta que, con un estruendo ensordecedor, se hundió en el río helado.

¿Acaso el pequeño y delgado cuerpo de una niña de doce años merecía que él usara una fuerza tan desmedida, empeñado en matarla a toda costa?

Alexander se rio como si no fuera nada.

—No sea tan formal, señorita Pérez. Tobías y yo fuimos compañeros de escuela, nuestra relación es muy especial. Es más, si hay algo que no se atreva a decirle, yo puedo ser su mensajero.

—Qué amable es usted, señor Anaya, pero son marido y mujer. Si quieren decirse algo, no creo que necesiten a un tercero, ¿o sí? —le respondió Lidia con un toque de sarcasmo.

—¡Ay, es verdad! Fíjese, por estar tan preocupado por la señorita Pérez, se me olvidó ese detalle —dijo Alexander, soltando una carcajada.

Cristina se dio cuenta de que la estaba poniendo a prueba, tratando de averiguar si ocultaba algún secreto, y al mismo tiempo, le estaba advirtiendo de su estrecha amistad con Tobías.

Cristina le devolvió una sonrisa tan leve que apenas se notaba, y con una distancia educada, dijo:

—La sucursal de la empresa acaba de establecerse y hay muchos asuntos pendientes. No quiero quitarle más de su valioso tiempo, señor Anaya. Con su permiso.

Dicho esto, se fue con Lidia.

Alexander observó su espalda, recta pero frágil, y su mirada se oscureció.

Justo cuando Lidia le abría la puerta del carro a Cristina, él levantó la barbilla y la llamó:

—¡Señorita Pérez, un momento, por favor!

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