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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 560

—¿No lo vas a admitir? —El líder perdió la paciencia y le hizo una seña a su subordinado—. ¡Ayúdale a refrescar la memoria!

Uno de los hombres sacó un cuchillo y acercó el filo helado al rostro de Cristina.

—He visto muchas mujeres como tú, tercas hasta el final. Si no hablas, te voy a tallar la palabra «puta» en la cara.

En ese instante crítico, el rugido de motores y el rechinido de frenos se escucharon en la entrada de la construcción.

Los secuestradores se tensaron.

—¡Policía! ¡Están rodeados! ¡Liberen a los rehenes y entréguense para recibir clemencia!

La voz del megáfono resonó por el lugar, desconcertando a los criminales.

—Jefe, ¿cómo nos encontraron aquí?

El líder, sin embargo, se mantuvo lúcido.

—Si Tobías está a cargo, era obvio que nos encontrarían, aunque no esperaba que fuera tan rápido.

De repente miró a Cristina, y sus ojos tras la máscara destellaron con furia.

Quizás por la rabia, sacó una pistola y le apuntó.

—¿Traes un rastreador?

Cristina guardó silencio. Él se acercó en dos zancadas, levantó la pistola y le asestó un golpe brutal con la cacha en la zona donde ella ya tenía una herida en la cabeza.

—¡Ah!

Un dolor agudo la cegó y casi cayó de bruces contra el suelo.

El microtransmisor, camuflado como un pasador negro para el cabello, cayó al cemento con un leve sonido metálico.

El líder se agachó para recogerlo. Con solo un vistazo, los músculos de su rostro se contrajeron violentamente, volviéndose una máscara de furia contenida.

—¿Transmisión en tiempo real? ¡Bien, muy bien! ¡Esta mujer nos jugó chueco!

Entendió al instante que esa era la causa de que los hubieran descubierto, y también la razón por la que Cristina se había atrevido a caer en la trampa.

Ella se había protegido de Salomé desde el principio, guardando ese as bajo la manga.

El subordinado, al ver esto, palideció.

—¡Jefe! ¿Todo lo que dijimos y hicimos quedó grabado?

La conmoción cerebral de Cristina se reactivó; se sentía mareada y con náuseas.

No podía ver la expresión de Tobías, pero las palabras del secuestrador llegaron claras a sus oídos.

La mirada de Tobías barrió el rostro pálido de Cristina y se posó de nuevo en el líder, sin mostrar emoción alguna.

—Nunca acepto amenazas, y mucho menos colaboro con ratas.

—¿Así que ya sabes dónde está la verdadera Carlota?

El secuestrador apretó el agarre sobre el arma.

Tobías oscureció la mirada.

—No sé dónde está, solo vengo a rescatar a los rehenes. Si su misión fracasa, están muertos de todos modos, pero puedo darles suficiente dinero para que desaparezcan.

—¿Dinero? —El líder rio como si hubiera escuchado el mejor chiste del mundo—. ¡No queremos dinero! Pero ya que prefieres hacerlo por las malas…

Sacó un chaleco metálico lleno de cables y bloques de explosivos.

—También te preparé un regalo. Ambas son tus mujeres, pero solo una podrá «disfrutarlo». Elige a una.

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