Cristina se puso las pantuflas, caminó hasta la cama de Tobías y examinó la herida en la espalda del hombre. Preguntó:
—Entonces, ¿por qué no despierta?
«Pues… eso de despertar depende de su estado de ánimo».
—Cristina, el señor Jurado eligió a Salomé… ¿no lo odias?
Cristina miró al hombre inconsciente con serenidad, apretó los labios y dijo:
—Lo odio. Se lo recordaré toda la vida.
Los párpados de Tobías temblaron levemente.
Lidia sudó frío por él.
—En realidad, la intención del señor Jurado pudo ser… por un lado, sentía que tenía la capacidad de salvarte, y por otro, quería que Salomé enfrentara un juicio justo. Mira, ahora la señora Rivas está decepcionada de ella y enfrentará la cárcel. ¿No es peor vivir así que morir?
Cristina la miró.
—¡Por muy seguro que estuviera, era una apuesta! ¿Tú arriesgarías en una apuesta lo que consideras más valioso que tu propia vida?
Lidia no supo qué responder y se rascó la cabeza.
—Este… voy a preguntar al doctor por qué el señor Jurado no despierta.
Y salió disparada de la habitación.
El cuarto quedó en absoluto silencio.
Pasaron varios minutos hasta que Tobías no aguantó más y abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada de Cristina.
—¿Te diviertes? —preguntó Cristina.
Tobías sintió una opresión en el pecho y forzó una sonrisa.
—No se te escapa una.
Intentó levantarse, pero al moverse, la herida de la espalda le envió punzadas de dolor y soltó un siseo instintivo.
Cristina frunció el ceño y lo sujetó para que no se moviera.
—¿No te has lastimado peor en tus misiones? ¿Y no aguantas este dolorcito?
Tobías volvió a acostarse boca abajo.
—No temer a las heridas en una misión es responsabilidad; sentir dolor es instinto.


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