—Señorita Pérez, hola, soy Betina.
Cristina agarró con fuerza la ropa de Tobías.
El hombre se estaba abotonando la camisa y, al tirar de la tela, esta rozó la gasa de su espalda, haciéndolo sisear de dolor.
Cristina no le hizo caso y respondió al teléfono con voz grave:
—¿Qué pasa?
—Es lo siguiente —la voz de Betina sonaba mucho más animada—: Las condiciones de tu amiga Ángela son aptas para la cirugía de cultivo celular cardíaco, y su estado actual es bastante bueno. Deberías trasladarla a Clarosol lo antes posible.
—Bien, enterada.
Cristina colgó.
Después de lo de anoche, Eduardo probablemente se sentía culpable y no tenía el valor de hablarle.
Pero el repentino cambio de actitud de Betina... daba mucho qué pensar.
—Amor —dijo Tobías con voz de víctima—, me lastimaste.
Cristina levantó la vista hacia él.
—Lo hice a propósito.
Tobías arqueó las cejas, pareciendo un poco sorprendido por su franqueza teñida de un leve berrinche.
Cristina le tocó la punta de la nariz con el dedo, con un tono mitad advertencia, mitad serio:
—Ángela es mi límite. Si esas mujeres que atraes se atreven a causarle problemas, no tendré piedad.
Tobías le tomó la mano y soltó una risa baja.
—No puedo evitar lo que otros quieran hacer, pero si alguien intenta hacerte algo a ti, definitivamente no se lo perdonaré.
Cristina tomó el saco y se lo puso con cuidado.
—Regresamos a Clarosol y te internas de nuevo. No saldrás hasta que el médico lo autorice.
Esas palabras significaban que el conflicto entre ellos había terminado.
—Mm, lo que tú digas. —Tobías aceptó dócilmente y dio instrucciones de inmediato—: Organiza el avión médico, esta tarde regresamos a la capital con Ángela.
Cristina asintió.
A mediodía, llegaron al Residencial El Paraíso.
Al entrar, vieron a Ernesto Jurado saliendo de la cocina con un plato en las manos.

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