Luz verde. El Porsche de Eduardo se perdió en el tráfico.
Santiago miró la cara de su jefe y preguntó con cautela:
—¿Quiere que le llame a la señora?
Tobías se recargó en el asiento, cerró los ojos y ocultó bajo sus pestañas todo el torbellino de emociones que sentía.
—No hace falta.
—Entonces… —Santiago dudó—, en la tarde va a la base, si no alcanzamos a volver en la noche…
—La agenda sigue igual —respondió Tobías con un tono indescifrable.
Eduardo llevó a Cristina a un restaurante tipo jardín muy discreto.
El mesero los guio por un sendero de bambú hasta un privado.
—Aquí preparan unos platillos de autor muy buenos, rescatando recetas antiguas —explicó Eduardo.
Cristina sonrió muy levemente.
—Yo no sé de estas cosas, no conozco el lugar, así que tú pide.
Eduardo dio unas instrucciones al mesero, quien se retiró, y luego se sentó frente a Cristina.
Dudó unos segundos y dijo:
—Creí que no querías verme.
Cristina tomó un sorbo del té que le habían servido.
—Tu deseo de la prepa por fin se cumplió. Ahora, ¿ya te das por vencido?
Eduardo se quedó pasmado un momento, pero al entender lo que ella decía, sonrió y asintió.
—Cristina, todos tenemos derecho a buscar y admirar las cosas bellas.
—Yo no soy ninguna cosa bella. —Cristina dejó la taza, su mirada era fría—. Tengo mala estrella, no merezco que nadie me quiera.
Eduardo iba a hablar, pero el mesero llegó con la comida.
Cuando terminaron de servir, Cristina probó un bocado y continuó:
—Sé que has puesto tu alma en BioInnovación todos estos años y tienes muchas expectativas. Como excompañera, espero que tengas éxito. Pero hasta el instrumento más preciso se arruina si se corroe por dentro.
Eduardo captó la indirecta al vuelo y se puso alerta.
—¿Qué escuchaste?
Cristina seguía comiendo tranquila.

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