—Ah, ¿qué hizo?
Adam sintió curiosidad.
Cristina le relató brevemente lo ocurrido en los últimos días.
Una sonrisa significativa apareció en el rostro de Adam.
—Me temo que él sabe quién eres desde hace mucho tiempo.
Cristina se quedó atónita ante sus palabras.
Adam continuó: —Cuando corrimos peligro en Frescura, él tenía la misión de protegerme. Luego, en su camino para rescatarte, cayó en una emboscada. Cuando llegó al lugar del accidente, apenas escapó de la muerte. Al sacar el coche del río, solo encontraron el cuerpo del chofer; tú habías desaparecido. Al no poder evitar la pérdida de tres vidas, se quedó hincado junto al río toda la noche.
»Aunque tres años después fuiste declarada legalmente muerta, durante todo este tiempo, cada vez que aparecía una pista relacionada contigo, verdadera o falsa, él iba a investigar. La culpa lo oprimió durante catorce años. No fue hasta aquel día que regresó a Clarosol y me dijo que se había casado, que vi un atisbo de alivio en su rostro. Creí que finalmente había encontrado el amor, pero no imaginé que ese muchacho terminaría casándose con mi hija.
—Pero... —dijo Cristina con la voz ronca—, él sabe quién fue el que lo dejó en ese estado y, aun así, se trata con esa persona como si fueran hermanos.
Adam se rio tanto que le temblaron los hombros.
—Las apariencias entre hombres son complicadas, no hay que tomarlas literal. Que no haga ciertas cosas en público no significa que no las haya hecho. Si el enemigo es poderoso... tenemos que desgastarlo poco a poco; se necesita tiempo para sacudir sus cimientos.
Cristina apretó los puños y dijo: —Quien sacó mi coche del camino y lo tiró al río fue Alexander Anaya.
Una corriente oscura cruzó los ojos de Adam, pero se calmó rápidamente.
—Tobías no deja que nadie tome tus muestras biológicas porque teme que caigas en manos de Hilario Castillo; eso sí sería un infierno en vida. No le dice a los Rivas quién eres porque siente que su poder actual no es suficiente para protegerte por completo. Y no deja que te vengues de tu madre porque no quiere que ustedes dos se conviertan en enemigas mortales sin posibilidad de reconciliación en el futuro.
Cristina lo miró con sorpresa. —¿Me cree aunque no tenga pruebas? Betina y Salomé son las hijas que lo han acompañado durante catorce años.
Pero en ese momento, los ojos de Adam solo veían a su hija.
—¿Acaso no sé la calidad moral de mi propia hija? Si no te creo a ti, ¿voy a creerle a unos extraños sin lazos de sangre? ¡Esas dos no saben cuál es su lugar! Atreverse a dañar a la hija biológica de sus padres adoptivos es morder la mano que les dio de comer. ¡Son peor que animales! La que murió, ya qué; pero la que sigue viva no la va a pasar bien.
Una calidez repentina golpeó el pecho de Cristina.
Bajó la mirada y apretó ligeramente los dedos. La amargura de más de una década de desamparo parecía haber encontrado finalmente un refugio.
Adam reflexionó un momento y continuó: —Si aún tienes resentimiento hacia tu madre, está bien mantener las cosas como están por ahora. Ella es muy cercana a Betina, y si Betina es una pieza de los Anaya, revelar tu identidad sería peligroso. Es mejor que tu madre no sepa nada para que podamos organizar todo desde las sombras.
Miró la hora y su tono se volvió una advertencia: —Hilario tiene muchos ojos cerca. El trabajo de Tobías para mantener el secreto solo durará un tiempo; no puedes quedarte aquí mucho más. Dile que entre, tengo unas palabras para él.

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