Al expresar su rechazo a colaborar con ellos de una manera tan educada y a la vez sarcástica, la comisura de los labios de Alexander se crispó.
—Sin embargo —Cristina cambió el tono—, sobre la carta que dejó Salomé acusándome de perseguirla, no tiene por qué preocuparse, señor Anaya.
La mano de Alexander, que sostenía la taza de té, se tensó imperceptiblemente.
Cristina fingió no notarlo.
—Esa carta de Salomé tiene que ser falsa, por eso acabo de ir a ver al experto encargado del peritaje. Le rogué al señor Saldaña que actuara con total imparcialidad. El hombre tiene buen apetito, me insinuó que una recompensa de diez millones no era suficiente para comprar la «verdad», pero por suerte tengo mis ahorros y llegamos a un buen entendimiento.
Ella se había quedado deliberadamente diez minutos en la oficina de Andrés para que nadie pudiera adivinar qué habían hablado.
Y justo como planeó, Alexander mordió el anzuelo.
Él trató de mantener la calma y sugirió con seriedad:
—Si ese hombre no tiene ética, debería solicitar un cambio de perito para evitar ser estafada.
—No pasa nada —Cristina dejó la taza en la mesa—. Así funciona el sistema, no voy a ser yo quien rompa las reglas. Además, si me falta dinero, mi esposo me lo da. Es un gasto menor.
Al terminar, soltó una risa.
Pero luego de reír, se tapó la boca y preguntó con cautela:
—Señor Anaya, no traerá alguna grabadora o algo así, ¿verdad?
Alexander se puso rígido y agitó la mano de inmediato.
—¿Cómo cree que traería algo así? Imposible, absolutamente imposible.
Al oír eso, la expresión de Cristina se relajó, como si se hubiera quitado un peso de encima.
Parpadeó y preguntó con tono alegre:
—Entonces, ¿hay algo más?
Alexander se quedó mudo por un segundo.
—¿Eh?
Cristina se puso de pie.
—Si no hay nada más, me retiro. Gracias por el té que preparó, aunque la calidad de la hoja no le hace justicia a su técnica; no estaba muy bueno.
—Andrés ya no sirve. Desháganse de él y no dejen rastros.
***
Por otro lado, Cristina y Lidia salían del centro de peritaje.
—¿Viste a los dos por separado para que Alexander crea que Andrés lo traicionó?
Lidia no terminaba de entender el comportamiento de Cristina ese día.
Cristina se sentó en el asiento del copiloto, se abrochó el cinturón y soltó un suspiro.
—Nunca esperé llegar a un acuerdo con Andrés. Fui a verlo y me quedé esos diez minutos solo por el «proceso». Alexander es paranoico por naturaleza; una vez que le siembras la duda, solo es cuestión de ver si logra mantener la calma.
Lidia apretó el volante con ambas manos y suspiró.
—Qué mundo este… Ellos mueven un dedo y te pueden culpar de lo que sea, mientras que nosotros, para limpiar nuestro nombre, tenemos que apostarlo todo y avanzar con pies de plomo. ¿Por qué es tan difícil para la gente común obtener justicia?
Cristina miró por la ventana el paisaje urbano que pasaba velozmente, su perfil se veía firme y sereno.
—Vámonos, hoy no regresaremos a la empresa. Sabremos si esta jugada funcionó en las próximas veinticuatro horas. Prepárate, que al rato se viene una batalla dura.

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