Óscar abrió la boca, pero al final solo bajó la mirada y agachó la cabeza ante ella.
—Los pacientes me están esperando. Mejor lo dejamos para otra ocasión, si se da la oportunidad, nos vemos después.
Cristina ya esperaba no obtener respuestas.
No creía que, con una o dos veces, él fuera a decir la verdad.
...
Octavio regresó a Residencial Bahía Platina justo cuando Valeria salía de la recámara principal.
Sus manos todavía conservaban el olor a pomada para dolores musculares.
Octavio iba a preguntar algo, cuando la puerta de la recámara se cerró de golpe y, para colmo, se escuchó el clic del seguro y el pasador.
Valeria fingió no notar la expresión cortante en el rostro de Octavio.
—Señor Lozano, la señora se lastimó la cintura y ya está dormida. Mejor no la moleste esta noche.
—¿Es muy grave lo de su cintura?
—No tanto, solo se resbaló y hasta se raspó la rodilla.
Valeria soltó la respuesta con ironía y, todavía inconforme, añadió:
—Pero por suerte un doctor le trajo una pomada especial. Si se la pone un par de días, seguro se le pasa.
Octavio frunció el ceño.
—¿Qué doctor fue?
Valeria fingió pensarlo.
—Uno que se apellida López. La señora dice que es muy buena persona, igualito que el doctor Montoya.
La cara de Octavio se endureció aún más.
Pero a Valeria poco le importaba.
Cuando ya se iba, se detuvo y volvió a hablar:
—Señor Lozano, si tiene tiempo, debería llevar a la señora a la montaña a pedirle protección a Dios. Últimamente, cada que sale sola termina lastimada. Y ahora que fue con usted, tampoco se libró. A lo mejor solo el cielo puede cuidarla.
Valeria parecía aconsejarlo, pero en el fondo, cada palabra era como una espina directa al corazón de Octavio.
Un esposo convertido en adorno, incluso alguien como Octavio podía terminar siendo ignorado.
Cristina parecía andar tranquila, pero la distancia y el desinterés eran las señales más peligrosas de que el divorcio estaba cerca.
Los ojos de Octavio se nublaron con una sombra de tristeza.
...
Al día siguiente, Cristina se levantó tarde.
—¿Señora, de verdad va a tirar algo tan significativo? —preguntó Valeria, sorprendida.
Cristina se sacudió las manos, quitándose el polvo invisible, sin la menor nostalgia.
—Cuando puedas, dile al señor Lozano: después de dormir con él cuatro años, ¿eso es todo lo que merezco? ¿Dos piedras que ni valor tienen?
El amor se había acabado. Ya no tenía sentido hablar de recuerdos bonitos; lo único real ahora era el dinero.
...
Al llegar al laboratorio de Dinámica Suprema, Cristina se puso a analizar los restos de la batería que tanto había protegido la noche anterior.
Trabajó hasta la tarde, cuando el dolor de la cintura la obligó a recostarse en el sillón de la oficina de Ángela.
Ángela, al verla, sacó una botella de alcohol para golpes.
—Súbete la blusa.
Cristina se quedó un segundo en shock.
—¿Cómo supiste que me lastimé la cintura?
Por un instante, la mirada de Ángela vagó, perdida.
—Es que últimamente te va de accidente en accidente. Un moretón aquí, un rasguño allá… Mejor te armé un botiquín propio aquí en la oficina.

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