El llanto al otro lado de la línea se detuvo.
—Además, la depresión severa es una enfermedad mental muy seria. La señora Lozano es la mitad de la imagen de Octavio; ¿tú crees que él va a casarse con una mujer así, solo para perder el prestigio? —La voz era tan tajante como un cuchillo bien afilado.
Al otro lado del teléfono, solo se escuchaba la respiración entrecortada de Marisol.
—Y aunque la señora Lozano dejara de lado sus prejuicios, ¿crees que permitiría que una mujer enferma tuviera hijos para la familia Lozano?
Cristina alcanzó a oír cómo las uñas de Marisol rasguñaban el celular con fuerza.
—Así que este juego, desde el principio, lo jugaste mal.
Hubo un largo silencio en la línea antes de que colgaran.
Cristina se imaginó a Marisol apretando los dientes, llena de rabia.
Pensar que en cualquier momento Octavio se molestaría por culpa de Marisol y terminaría discutiendo con ella, logró que Cristina se sintiera algo aliviada.
No pasó mucho tiempo antes de que Octavio saliera del baño, sin camiseta y con el cabello aún húmedo.
Cristina se quedó quieta un momento, luego apartó la mirada.
—Tu hermana llamó. Contesté yo. Me insultó con todo lo que pudo. Anda, ve y consuélala.
Sin embargo, Octavio se acercó a la cama, no tomó su celular, sino que la abrazó y le plantó un beso en la mejilla.
—Vámonos a dormir. ¿No que estabas muy cansada hace rato?
¿Y su hermana? ¿Ya no le importaba?
A Cristina le revolvía el estómago, así que se limpió la cara con la sábana.
—Ponte la camisa y vete a dormir al estudio.
Octavio soltó una carcajada.
—No quiero.
En ese momento, el celular de Octavio volvió a vibrar. Era un mensaje de Sebastián.
Cristina sonrió con ironía.
Toda la familia parecían estar empujando a Marisol hacia Octavio, como si no fuera suficiente, hasta Sebastián metía su cuchara. Si no pasaba nada entre ellos, sería casi una falta de respeto para sus padres.
Como era de esperarse, después de leer el mensaje, a Octavio se le frunció el ceño.
—Duerme temprano, en un rato regreso.
Cristina le hizo un gesto con la mano, como despidiéndolo.
—Anda, vete. Ojalá y no regreses.
—Mejor vete a trabajar.
Cristina se levantó y se fue al baño.
Luego de arreglarse un poco, salió justo cuando Octavio también se estaba vistiendo.
Cristina, molesta por el olor de su pijama (que aún olía a él), la lanzó directo al cesto de la ropa sucia.
Acomodó su cabello con rapidez, lista para irse, pero Octavio apareció detrás y la detuvo.
Cristina pensó que venía a reclamarle.
—Sí, anoche provoqué a tu hermana, ¿pero se murió acaso? Si de veras le pasa algo, ahí sí te dejo que me reclames. Lo arreglamos todo de una vez, ¿va?
Dicho eso, intentó zafarse de su mano.
Pero él, en vez de soltarla, sacó de su bolsillo una pinza para el pelo y se la colocó con cuidado.
Las perlas relucientes hacían que hasta su cabello pareciera más suave.
Él sí sabía lo que le gustaba. Por eso, eligió perlas, pues sabía que le quedaban perfectas.
—Dices que no te gusta nada, pero cada perlita de este broche es australiana, de la mejor calidad. ¿Será suficiente para que la señora Lozano lo apruebe?

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