—¡¿Para qué te arrodillas?! —La abuela dio un paso al frente, poniéndose justo delante de Cristina—. Sabes bien que lo que más le duele a Cristi es no encontrar a sus padres. Tu esposa la ha estado provocando una y otra vez, y ella ha aguantado hasta ahora. Si no le metió un cuchillo en la boca, ya es ganancia.
—Mamá, no puede ser que tenga doble vara para medir —protestó Sebastián.
Pero la abuela lo señaló con el dedo, apuntándole directo a la cara.
—Las cosas que acaba de decir tu esposa, ni yo me atreví a escucharlas. ¿Acaso eres sordo?
—No creas que por dejarle usar el apellido Lozano a esa hijastra tuya, ya puede estar al nivel de Cristi. No voy a permitir que regrese. Si se quiere morir, que lo haga afuera.
—Escúchame bien: quien se atreva a manchar el nombre de la familia Lozano, yo misma lo mando con nuestros antepasados.
Al oír eso, a Sebastián se le heló la espalda de puro miedo.
—¡Ustedes dos, vayan directo a la capilla!
El enojo de la abuela llenó todo el ambiente. Sebastián ni siquiera se atrevió a replicar; tomó del brazo a Julieta, que no dejaba de reclamar, y ambos salieron sin chistar.
—Abuela, por favor, cuide su presión —advirtió Octavio, preocupado.
Natalia inhaló hondo, dos veces, tratando de calmarse.
—Si de verdad quieren a su abuela, ya deberían estar pensando en darme un bisnieto. Con un hijo, seguro que sus corazones por fin se unirán de verdad.
Cristina, sin saber si era sugestión, sintió un tirón en el vientre apenas escuchó “hijo”. Había estado intentando embarazarse junto a Octavio durante un año, sin resultados. Aunque era motivo de tristeza, ahora, pensándolo bien… Si su matrimonio era una farsa, si solo era la cortina de humo para Marisol, entonces no tener hijos podía ser incluso un alivio.
Por reflejo, se cubrió el vientre con la mano. Octavio, al notarlo, pensó que el dolor era por su herida y se apresuró a sostenerla.
Pero Cristina le apartó la mano de un manotazo, luego hizo una pequeña reverencia hacia la abuela y salió caminando sola.
Natalia solo pudo negar con la cabeza.
Una mujer, cuando pasa de la duda a la certeza, ya no vuelve atrás con solo unas palabras bonitas.
—Darío, ven. Tengo un encargo para ti.
...
Cada vez que Cristina quería hablar de divorcio, la abuela no la dejaba terminar.
Cristina casi llegaba al garaje cuando, de pronto, le molestó la idea de compartir el mismo carro con Octavio. Dio media vuelta y, casi sin querer, chocó de frente con él.
—¿Olvidaste algo y quieres regresar? —Octavio la sujetó por la cintura, instintivamente.
Cristina empujó su brazo con fuerza.
—Cuatro años de matrimonio y ni una sola verdad me merezco. Así es nuestro matrimonio, Octavio. No soy una santa, no puedo mirar cómo cuidas a otra mujer y quedarme como si nada… nosotros…
El pensamiento del divorcio volvió a su mente, pero ni siquiera alcanzó a decirlo, porque en ese momento apareció el mayordomo, interrumpiendo la conversación.
—Señora, este es un regalo que la señora Natalia compró hace unos días en Joyas del Cielo, pero al final se dio cuenta de que no le quedaba bien, así que quiere que usted lo tenga.
El mayordomo extendió una pequeña caja de madera oscura.
Cristina la tomó y la abrió. Adentro había una pulsera de jade, de diseño antiguo, que a todas luces era más apropiada para una señora mayor que para ella.
Octavio, al ver la pulsera, entendió la intención de su abuela y suspiró.
—La abuela solo busca alegrarte el día. No vayas a despreciar su esfuerzo.
¿Esfuerzo?
¿No era más bien la manera de recordarle que dependía de ese millón de pesos mensual que la familia Lozano le entregaba para sostener a su madre?
Como para confirmar sus sospechas, Darío dijo en ese instante:
—Señora, la abuela también dijo que si de plano no quiere la pulsera, puede romperla si así lo desea. Si se rompe, era el destino. No hay que forzar nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa