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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 84

Cuando llegaron al hospital, Marisol ya se sentía mucho mejor, pero Octavio insistió en internarla para que la observaran durante la noche.

Marisol le pidió al doctor que le asignara una habitación en una esquina, así evitaba que Sebastían y Julieta se enteraran de lo sucedido.

Por supuesto, esa petición no era más que una forma de demostrarle a Octavio que era una mujer comprensiva y considerada.

Sin embargo, Octavio apenas reaccionó ante todo el esmero que ella mostró; solo le dijo un par de palabras tranquilizadoras antes de marcharse a toda prisa.

Marisol no pudo evitar preguntarse, ¿será que él de verdad no creía que Cristina le fuera infiel?

...

Al regresar al Residencial Bahía Platina, Octavio vio a Valeria asomada en la entrada. Apenas lo vio bajarse del carro, corrió hacia él.

—Señor Lozano, si le preocupa que los problemas con la señora se hagan públicos y pierda usted el respeto de la gente, podría platicar con ella en privado. No hacía falta llegar al extremo de traerla por la fuerza. Los malentendidos tienen solución, pero si permiten que se conviertan en resentimientos, después ya ningún perdón servirá de nada.

—Yo no ordené que la trajeran a la fuerza —soltó Octavio, entrando directo a la sala.

Apenas cruzó la puerta, se topó con una escena que lo hizo hervir de coraje: Cristina estaba sentada en el sofá, las manos atadas detrás de la espalda, rodeada por cuatro guardaespaldas.

—¿Quién les dio permiso de amarrarla así? —tronó Octavio, su voz retumbó en toda la sala.

Uno de los guardaespaldas se adelantó, cabizbajo y nervioso.

—Señor Lozano, la señora no quería cooperar…

Sin decir más, Octavio lo empujó a un lado y corrió a desatar a Cristina.

—Ella es mi esposa. Tiene tanto derecho aquí como yo. El día que yo tampoco coopere, ¿me van a amarrar igual? —lanzó, mirando con dureza a los guardaespaldas.

Los hombres, dándose cuenta de la gravedad del asunto, se apresuraron a pedir disculpas.

Cristina, con los brazos entumidos y adoloridos, miró directamente al guardaespaldas que en el centro comercial la había sujetado con fuerza solo porque Marisol lo ordenó.

—Obedeciste a Marisol y te atreviste a tratarme así. Además, tiraste mi celular. ¿Qué te dio ella a cambio?

El gesto de Octavio se endureció.

—Cristi, Marisol está enferma, por eso estos días he tenido que cuidarla más. Pero por más celosa o molesta que estés, hay cosas que no puedes decir a la ligera.

—¿Celosa? —Cristina soltó una risa seca, cargada de amargura.

—Cuando tu padre me empujó, tú estabas tomado de la mano de otra mujer. Tus guardaespaldas le hacen caso a Marisol como si ella fuera tu esposa y a mí me tratan como si fuera una delincuente. Dime, Octavio, ¿qué tan poca dignidad debo tener para seguir enamorada de ti después de todo esto?

Octavio la sujetó del brazo, sus ojos oscuros y llenos de rabia, pero se contuvo de hacer un escándalo delante de los empleados.

—No inventes cosas. Cuida tus palabras y recuerda quién eres —le advirtió con voz dura.

Cristina, con los dientes apretados, se soltó de su mano. Se levantó la manga, mostrando los moretones que le recorrían el brazo.

—Para ti, la verdad siempre es invento mío y la farsa es la única realidad, ¿verdad?

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